miércoles, 16 de octubre de 2019

Lontananza

No hay donde ir, el escape pensado era una utopía por dónde se lo mirara. La idea de un mundo mejor y estar en sintonía con sus pares, lo devolvería a la tierra. La imposibilidad de encontrar soluciones era la excusa perfecta para seguir confirmando su lugar, expectante, un nuevo sol lo haría putear en voz baja. Un descanso al mediodía le hizo pensar en los trenes que pasan, en los trenes que vuelven, imaginando fugazmente que estaba sentado en un asiento mirando la ventana de un paisaje agreste y se veía de lejos. Un reflejo sacudió su cabeza, las bocinas de los autos lo devolverían a la tierra. Miro la hora, miro al cielo buscando aviones, intentando volver a ese viaje infinito pero no había nada, no había nubes, no había aviones ni respuestas, el día no podía ser más perfecto.

Como siempre llegar a las seis, dejar su maletín en un escritorio, separar papeles, saludar a su esposa con media sonrisa, sentarse en silencio en un sillón, poner las noticias para disimular porque en realidad, no las escuchaba, responder con monosílabos las preguntas. El tren volvía a su cabeza mirándose en lontananza, el teléfono llamaba y esa conexión lo devolvería a la tierra.

Al primer vaso le quedaban solo los hielos cuando prendió un cigarro y decoro con humo el living, un segundo vaso estaría por llegar. Se iba, como una droga que dilata las pupilas, se iba, como un día de playa siguiendo el trayecto del sol. Subió por la escalera hasta la terraza, las voces lo llevarían hasta el filo, buscaba aviones y no respuestas, buscaba escapar, que lo viniera a buscar una estrella. Al tirarse volaba y ahí estaba sobrevolando la ciudad, cruzándose con la noche y las luces de las calles, recorrió el barrio de su infancia, giro hasta llegar a su trabajo, volvió a subir sin esfuerzo tratando de tocar la luna. Ver su edificio lo devolvería a la tierra y en ese sillón se convenció - La vida es una distracción - se dijo y se durmió

viernes, 27 de septiembre de 2019

Cavilaciones


Un día malo lo tiene cualquiera, incluso si no te mojaste con aquel día. Aquel no era un día gris y luminoso, la tormenta había entrado temprano en la mañana, se hacía difícil distinguir el amanecer de la madrugada. Un día malo lo tiene cualquiera, incluso si tenes tu propia oficina, si subís a tu auto bajo un techo y llegas bajo otro techo sin tener que mojar tus zapatos en el asfalto, ni lidiar con las baldosas rotas en los días de lluvia. Repito, un día malo lo tiene cualquiera, incluso si llegas a las 6 de la tarde a tu casa y tenes quien te sirva la cena, quien haga los quehaceres, incluso si podes darte dos duchas diarias.

En sus cavilaciones la consigna era clara pero giraba en círculos su proceder: la soga es efectiva pero no tengo donde ponerla, el tiro me da miedo de no matarme y tener que seguir vivo, seguramente en peores condiciones. Las pastillas no son una mala opción pero si no funcionan o no son suficientes se van alertar de mi forma de actuar. Agarrar el auto ponerle un manguerón en algún garaje cerrado y tratar de intoxicarme me parece un trabajo lento.

Así giraba su cabeza, giraba su rutina, no se daría cuenta que al final del día estaría sentado en el borde de su cama, una lámpara con una luz cálida lo atraparía, sus codos en las rodillas, la cama perfectamente tendida. Pensativo, mas borracho que sobrio, un vaso de whisky en su mesa de luz. Su mirada perdida no lo dejaría ver que su sombra proyectada hacia la ventana, cerca de la pared donde da la cabecera de su cama, se iría mezclando de a poco con otra sombra más grande y ambiciosa y entre ellas irían apagando la luz que ilumina su cuarto hasta que la oscuridad lo sumergiría nuevamente en sus cavilaciones, otra tormenta lo esperaría sin dormir por la mañana.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Olor fuerte

Me sentí visto como si estuviera comiendo de la basura, vos sabés de que hablo. Me sentí juzgado, como si estuviera matando a alguien, sentí que me miraban con pena y con desprecio. Los miré con culpa, como si yo fuera el malo de esta escena. No me dijeron nada pero sus caras no necesitaban palabras, me odiaban, como si les fuera a robar algo, me odiaban pero con pena y yo sabiendo que nunca iba a llegar a ser como ellos, sentí que no tendría un mejor futuro nunca. Me sobraron, se taparon con sus bufandas y sentí que su problema no era el frío sino el olor. 

Pasaron de largo, sabiendo que podrían disfrutar su tiempo en matar el tiempo, haciendo nada, gastando tiempo como si fuera plata, generando anécdotas que después serian mal contadas. Mientras tanto, si alguien intentará escucharme, no tendría más que historias de supervivencia que terminarían en incómodos silencios. 

Ahí estábamos, la calle era para mi lado en subida y para el de ellos en bajada, sin embargo yo sentía que bajaba y que ellos subían. La simple idea de no poder romper con mi estigma, de no poder salir de este contenedor de basura, de mirar por las ventanas a la gente comiendo en todo tipo de restaurantes y desearlo tanto al punto de ya no darle importancia a nada de lo que está alrededor. 

Sin embargo, yo no estaba revolviendo la basura y yo no soy un hombre de la calle, igualmente yo siento que me miran así, un poco con desprecio y otro poco con lástima. Antes solía mirar por la ventana y deseaba cosas que difícilmente pudiera lograr. Hoy me metí por sus puertas, me senté, pedí una empanada y un vaso con agua y lo pagué. Mi olor era tan fuerte que nadie se animó a quejarse, ni salir de apuro, estaban tan incómodos que el silencio era solo perturbado por los platos que chocaban entre sí en la cocina del restaurante. Comí la empanada como si fuera el más fino entrecot con papas al plomo, pagué con las monedas de todo un día y me fuí, sabiendo que el arma más poderosa era incomodarlos, despegarles el papel film que los aísla de todo, amenazar su felicidad aparente, explotar la burbuja y dejar que se quejen cuando yo ya no esté. Por cierto, la empanada también estaba plastificada.

sábado, 3 de agosto de 2019

Mayday! Empatía llamando a tierra


Perdón, hoy estoy cansado, me siento triste. No es cansancio que se cura con horas de sueño, es cansancio de otro tipo. Estoy cansado de lo que me rodea. Una sociedad mediocre me acompaña todo el tiempo, como una joroba o una mochila que no me puedo sacar y empieza a molestar su peso. Una sociedad que va conmigo en el ómnibus, me encuentra en el trabajo, vuelve conmigo a casa y aunque no se acueste en mi cama, a veces sueño con ella.

Por la ventana de ese ómnibus, el paisaje no se mueve, el que se mueve soy yo. A esta hora los comercios vienen bajando sus cortinas, van cerrando, la gente va volviendo a sus casas, mientras yo recién voy entrando al trabajo.  Cierro los ojos un rato, en el movimiento, me imagino las olas que el verano me dejó, me acuerdo de cada rayo de sol en el agua. Me acuerdo también de las tormentas de verano, la lluvia en el horizonte acercándose lentamente. Vuelvo, el invierno no necesita ventiladores. Las preguntas casi siempre son las mismas: ¿Cuál es el motivo elemental por el cual nos movemos? ¿Cuál es el motivo de la poca empatía a mi alrededor? ¿Por qué algunas personas deciden sobre la vida de otras?

Perdón no! Estoy cansado, no aguanto más los actos egoístas que se contagian como un resfrío en esta época del año. Estoy cansado de esta gente que solo mira para los costados cuando puede garronear algo. Estoy cansado de los que tratan de ocupar más de un asiento por bien de su comodidad y te dejan con un pie afuera, teniendo que arreglártelas como puedas, con el lugar que te corresponde. Ni hablar de los que no ceden el lugar que le corresponde a las embarazadas, los que dejan a los niños pequeños parados en los pasillos, los que te discuten el lugar para otros que no son ellos. Todos vamos cansados, no es cansancio, es falta de empatía.

Empatía escasa la mía con esta gente. Así estamos, divididos entre los que intentan sobrevivir como si hubiera un apocalipsis zombi y los que miran a los costados y ven a otras personas, con distintas necesidades, con diferentes metas, los que le sacan la mirada al celular en lugares públicos y ven caminando a otra tanta gente entre el día gris y frío. Por supuesto, yo como parte del problema y yo como parte de la sociedad. 

Cierro los ojos de nuevo, esa ola que viene y va se proyecta nuevamente en mi mente como una imagen nítida, inspiro y expiro lentamente, es como un ritual antes de seguir confirmando este camino que estoy tomando. La ola como un flujo de energía que viene y va, que se transforma todo el tiempo, con cada palabra, con cada mirada.

Empatía y olas. Un cumulo de moralidades  que coaccionan y justifican un montón de excusas absurdas y egoístas sobre la esencia de los otros. No debo ponerme en los pies de nadie para darme cuenta que hay necesidades que ni me rozan, que pasan lejos y que aun así son necesidades para otros. No necesito opinar nada. No debo estudiar leyes ni hacer facultad para darme cuenta, que los derechos siempre benefician a quienes padecen.  Como los derechos del hombre y de la mujer, como los derechos de los trabajadores, como los derechos del niño y del adolescente, como los derechos de las personas transgenero. Solamente debo entender el movimiento de la ola, solo debo mirar hacia los costados, aunque no gane nada.

Empatía escasa la de los cancheros. Empatía escasa la de la gente que juega a ser nazi en el siglo XXI, empatía escasa la de la gente que tuvo que luchar demasiado para que los valoren y discuten cada migaja que no cae en sus bocas. Empatía escasa la de las religiones y sus modelos sociales arcaicos, una doble moral donde todos somos libres de hacer y ser hasta que nos salimos de ciertos parámetros. 

Estoy cansado de las iglesias y de las banderas que son actores principales en esta cruzada evangelizadora que se creen los dueños de una verdad (que no es tal y que no colabora con la empatía) que no dejan pensar con claridad a sus adeptos. Adeptos que buscan a su Dios y terminan recayendo entre necesidad, valores familiares o promesas religiosas en un montón de reglas a cumplir para no caer en el castigo divino. Ese castigo que controla, ese castigo que infunde miedo, ese castigo que más que justo y necesario es autoritario y moldeador de personas que viven bajo los mismos miedos. Claro está, el problema no es la religión sino quienes ponen las reglas, los mismos que usan y abusan, los impunes que terminan convirtiéndose en verdaderos titiriteros de esta obra dramática y basada en hechos reales. Abro los ojos, las olas se tiñen de verde, una bacteria se está adueñando de nuestros mares y no nos dejan nadar libres.




martes, 30 de julio de 2019

Cartas de amor y cómo hacerlas

Creo que sonaba "Can't fight this feeling" de los REO Speedwagon, la tengo que buscar. Busquenla, escuchemos este tema mientras yo escribo y ustedes leen, como si fuera en simultáneo, como si fuera una escena de una película donde alguien te deja una carta y su voz en off aparece leyendo, mientras vos solo haces caras, que no sabemos bien si son de pasión, amor o de que, pero, pero, pero si le ponemos a los Speedwagon de fondo, está cantado de que va todo esto.
Dale play!
(Esperemos la publicidad...).
Ahora sí!

Es ahora donde la poesía y los sentimientos más lindos salen mediante la tinta, en este papel, donde la letra más linda que tengas, juegue su rol estético y de entendimiento, es hora de poner toda la carne en el asador o las berenjenas si sos vegano. 

Lo primero es hacer un pequeño recuento de la situación en la que estás, basada en éxitos y fracasos. Sí, necesitamos drama. Blanco o negro. Si se te murió el sexto hamster hace dos años y no lo pudiste superar todavía, ponelo (pero deja de comprar y adopta un perrito y cuidalo). Es elemental hacerle entender a la otra persona en pocas líneas que pasa y que pasaba en tu vida antes.

Ahora sí, subí el volumen, rompete toda y decile que pasó cuando apareció esta persona, animal o planta en tu vida. Saca la brillantina, mostrá todo el lado brillante que te hace sonreír cada minuto. Decile que ves todo eso que hace por vos, desde el amor, desde el corazón o desde las raíces pero no seas repetitivo con palabras como: corazón, amor, alma, luz, volver, lindo, linda. Si ya sé que las acabo de usar, es para entendernos.

Está bueno resaltar esos ojitos que te matan, su boca de fresa o su bigote tupido pero no hay que caer mucho en lo superficial, si puede ir mechado entre sentimientos y pasar un poco desapercibido, mejor. Ejemplo: "me gusta cuando reímos juntos, esos gestos, tu bigote tupido, creo que quiero abrazarte siempre Nahuel".

Si no sos de escribir mucho o de expresar tus sentimientos en el papel, muchas veces cuesta más encontrar las palabras correctas sin caer en clichés. No te guardes nada, no dejes de poner lo que sentís por pensar que es cursi, jugátela. Vale más una palabra tuya que mil frases cliché o dos mil frases hechas. Las frases hechas son la perdición, una encuesta reciente mostró que el 89% de los que reciben frases hechas se distraen o pierden interés en lo que están leyendo. No, mentira, no existe tal encuesta, pero lo otro es bien real. Ni frases hechas, ni refranes, más vale pájaro en mano, que mil volando. Eso no, justamente. Quizás alguna parte de una canción puede funcionar pero solo si les gusta a los dos, es mejor dejar esas palabras para el final.

Trata de encontrar las palabras exactas a lo que querés decir, busca en el diccionario significados de cosas que se te vienen a la mente sin saber muy bien porque, puede que sean las palabras que estás buscando. Si no podés expresarlo en una palabra, no importa, podés usar una comparación, dónde estás tratando de explicar algo que te pasa con esa persona pero con otra situación, "cuando estoy con vos es como cuando me estoy cagando y llegó justito al water, un alivio importante" (esta no, ya la use).

Tomate el tiempo que sea necesario para escribir, yo sé que necesitas decírselo ya! Como el tipo que sale corriendo en las películas y corre por las calles y sigue corriendo y todos sabemos que va en busca de ella y corre, no frena hasta que la ve. No es necesario correr, mejor tomate un bondi o tomate un Uber. Darse el tiempo necesario es muy importante, la catarata de cosas que tenés para decirle es como un alud de nieve que no deja de caer y se lleva todo por delante, por eso mismo te podés volver repetitiva, hay que darse el tiempo para llegarle a ese muchache que te gusta y sobretodas las cosas VOLVÉ A LEER LO QUE ESCRIBISTE!!!

Después de tanta aventura y tanta frase jugada hay que terminar bien arriba! Hacerse un poco el interesante, tampoco hay que ser Sócrates pero hay que rematar con alguna frase, puede ser algún lindo juego de palabras o deseo para el futuro, "Para que en los momentos de crisis, puedas seguir encontrando pistas sobre lo que es el amor", esa la use dedicándole una novela policial que le regalé a mi novia. Un romántico eh? Que tal? 

Escribir una frase de alguna canción es una buena idea, no es lo más original pero es igual de efectiva. Eso sí, la canción debe ser importante en la vida de los dos. Para que duplique la efectividad, esta canción no solo deberá tener un lindo mensaje sino que además debe formar parte de la historia de los dos. Triplica la efectividad si la canción es una que solo creen conocer ustedes o que conoce poca gente, así se logra uno de los efectos más potentes, la intimidad y pertenencia (absurda claro está) de la misma. Cuadriplica la efectividad...no mentira.

La frase para rematar puede salir de algún libro, alguna frase o poema, no necesariamente debe venir de la música. Benedetti y Galeano pueden ayudarte un montón, evitar el poema XV de Neruda "Me gustas cuando callas, porque estás como ausente", puede ser malinterpretado.

En lo cotidiano hay un poder superior, bajar a tierra todos esos deseos, puede ser una gran forma de terminar esta carta también. Ser infinito y cotidiano a la vez "te haré la cocoa por el resto de nuestros días", "bailaremos en cada atardecer", "prometo limpiar la losa dos veces por semana por el resto de nuestras vidas", algo así. La simpleza nos puede llevar así de derecho al esfuerzo que queremos hacer por esta relación. No prometas el mundo entero porque no lo podés abarcar, campeón. Mejor decile que le vas hacer masajes y cumplí.
 
Antes de firmar con tu nombre decile, ahora sí, todas esas palabras que no te dejé usar al principio: corazón, amor, lindo, linda, bebé, te amo, te quiero, volvé, te extraño, etc. 

Firma lindo, mira que queda para la posterioridad, no te asustes, volvé a leerla para darte fuerzas. No salgas corriendo y nunca se la des sola, esa carta debe ir acompañada de la cosita dulce que le guste a tu enamorado o enamorada. Es un detalle, es la forma más rápida para que el receptor entienda que esa carta viene con otras cosas dulces adentro.

Mucho éxito! Y esta cuenta no se hace responsable de futuros fracasos amorosos. 

Facu

lunes, 15 de julio de 2019

Las trampas y el atardecer

Sabes cuánto hace que no veo el atardecer? Los extraño, extraño los días de invierno por la ventana, extraño el agua caliente que chifla desde la caldera diciéndome que es hora de hacer un mate o un café batido. ¿Sabes cuántas horas estoy a la intemperie por estos días? Ni una hora. Cuando no lo tengo lo valoro, cuando lo tengo no lo siento importante y ese es el mayor problema que tengo: no poder valorar lo que tengo cuando lo tengo. 

No hablo del techo, del plato de comida caliente, no hablo del agua para bañarme, ni de la cama cómoda. Hablo de pequeñas cosas. Hablo, muchas veces, del tiempo. No tengo tiempo para todo lo que me gustaría tener tiempo, si escribo, no leo y si leo, no miro la serie, si miro la serie, no duermo lo suficiente, si no duermo lo suficiente, duermo de viaje al trabajo y no escribo. La repetición me abruma. Generar rutinas me aburre y ha sido una constante en mi vida, generarme rutinas para tirarlas abajo. Generar rutinas es importante, la mecanización de ellas, muchas veces, me juegan en contra. Dormir un poco más, salir sin desayunar, almorzar a las seis de la tarde, no ver el atardecer.  

Ataquemos el dilema de raíz ¿Por qué el color naranja lleva el mismo nombre que la fruta? O como dijo Piedrahita ¿Que vieron los primeros pobladores de la tierra para quedarse en Alaska? Nunca lo sabremos. Volviendo a la rutina, no sé cómo generar una rutina amable aunque sea estricta, que no me deje vulnerable al salir de ella, aunque no sea todos los días, busco una rutina que me saque una sonrisa al entrar en ella y no cuando salgo aliviado. No sé si existe pasar la existencia de esa manera. Acostumbrarme y moldearme a rutinas que me matan de a poco no es respuesta. ¿La búsqueda de la felicidad se basa en tener rutinas amables y disfrutables? Tengo un mareo.

De pibe pensaba que estaba mal cableado, incluso hoy pienso que algo en mi, sabotea todo el tiempo al que quiere vivír como los demás, en esta sociedad de humanos rutinarios. Al saboteador lo abrazo de vez en cuando, por su capacidad, aunque me cague la existencia y cuando lo abrazo todo vuelve a empezar. En esta oscuridad la flama crece y se expande generando luces y sombras, entonces la veo mejor, escribo mas, hago más. Pedir devolución de atardeceres es darle a mí cabeza el espacio que necesita (o cree necesitar) y ahí los atardeceres son rutinarios, el mate y la caldera son rutina, la hoja en blanco. Necesito seguir, necesito seguir, me estoy esforzando en estos días oscuros, mientras sigo esperando que pase el milagro. Abrazo y volver a empezar.

sábado, 13 de julio de 2019

Vencerán

Vencerán quienes silencian 
Dentro del silencio
Vencerán quienes disfrutan
El frío antes del amanecer
Quienes conviven con su sombra
Merodeando entre escasas luces.

Vencerán quienes reciben
Canciones muertas hasta colmarlas de color y hacerlas explotar
Manchando paredes blancas
En un caos locuaz
Hablan, gesticulan 
No articulan más que lo que pueden.

Vencerán quienes sangran
Quienes no aparentan invencibles
Vencerán quienes dudan 
Quienes preguntan sin buscar respuestas... Inmediatas.

Vencerán los puntuales
Quienes lleguen en hora a sus batallas
Vencerán quienes hayan perdido en el camino algo más que plata.

Vencerán sin matar al mensajero
Vencerán los elocuentes
Quienes no busquen mensajes entre la alineación de los planetas.
Sin mandar postales de países ajenos ni propios
Vencerán quienes no entiendan geografía
Quienes no sepan nada de capitales, ni de idolatría
Vencerán quienes no entiendan de fronteras, ni lenguajes, por no entender y por no querer hacerlo.
Vencerán quienes no busquen el norte, ni el este, oeste o aquel otro.

Vencerán sin saber que han vencido
Los que no compiten
Los que hacen y los que invitan
Vencerán quienes buscan justicia por otros
Quienes ayudan sin un slogan en su pecho

Vencerán soñando los soñadores
Abatiendo despertadores opresivos
Vencerán los vencidos en horarios de oficina.
Vencerán los baños sin servicio que dejaron afuera a los cagadores
Vencerán quienes cuentan anécdotas sin destruirlas

Vencerán quienes adviertan a los inadvertidos de que la ola ya está acá cerca.

miércoles, 10 de julio de 2019

Llorar

A veces me dan ganas de llorar, casi nunca me suelto. Exponerme al llanto y la debilidad que simboliza para mi "yo" de 13 años es una cosa imposible de aceptar. Aunque a veces me dan ganas de llorar y no puedo. 

Un día me dijeron que dejara mis autitos de lado, mis grandes construcciones con piezas de jenga, que dejara el fútbol de cartones y los soldaditos. Un día me pusieron en otra fase de mi vida y recién la estoy asimilando. Tengo que comprar cuadernolas y no cuadernos como en la escuela, debo vestir con estilo y preocuparme de mi imagen, debo seguir una línea de moda estudiantil, debo caer bien y ser osado, no caer en las bromas, cuidarme del bullying, de las drogas, de las notas y todavía hacerme cargo de mi vida. ¿Qué paso? ¿Por qué cambio tanto mi vida después de este verano? Ahora sí que estaba en juego, no solo mi reputación, no solo mi futuro, mi carrera, aun peor, podía estar en juego mi preciado verano.

Mis 13 años solo era el comienzo, cuando todo apuntaba que podría mejorar algo en el futuro, no era cierto. Cada vez fue más difícil el futuro, cada vez fue más compleja la ecuación, no solo de tener amigos, no solo de mantener una imagen, ya a los 15 debías tener en el currículum de la vida, un primer beso, un primer acercamiento sexual no definido, alcohol en sangre, buenas notas, no ser ni raro, ni feo, ni torpe, ni nerd, ni nada, había que no ser, más bien, había que abstenerse de salirse de los paramentos de lo que estaba normalizado.

Conectar con mis 13 años es un trabajo arduo pero siento que debo hacerlo para entender de dónde le agarré fobia a la gente egoísta, a la gente que no piensa más allá de pensamientos lineales o a los que todo les resulta fácil. 

Empecé a escribir a los 13, les contaría como nació y como descubrí que escribir me iba a salvar la vida pero no me acuerdo. No tengo idea. Las primeras palabras siempre son para el amor idealizado, las segundas siempre son deseos, las terceras siempre serán invitaciones e inseguridades, si nada funcionara entonces comienzan las promesas. 

Los 13 se fueron y mi "baja edad media" entraría en juego. La zona más oscura de mi historia. La de los problemas suicidas, la de las historias de amor no correspondidas y sus respectivos poemas. Los cumpleaños de 15 sin amigos, los dolores estomacales, los fines de semana en lo de los abuelos haciendo nada, los libros de cuentos de Juan, el viñedo y la mesa larga, dibujar la última hoja de las cuadernolas. 

A veces me dan ganas de llorar y recuerdo las veces que ese pibe lloró de impotencia, en el baño del liceo o en Valizas. Me dan ganas de llorar y recuerdo cuando comía abajo de la mesa del salón de clase para poder respirar, sin sentir la presión social del colegio nuevo donde había caído. Me dan ganas de llorar y no lloro, porque durante ese tiempo, como escribí al principio, me dije muchas veces que llorar era señal de debilidad. 

Llorar y no sentirme culpable, llorar y no sentirme, ni menos, ni más que las experiencias de otros, llorar y lavar para no sentirme tan contracturado. Llorar y llorar como cantan los mariachis. Llorar para afuera, llorar sin un motivo claro. Llorar en un día soleado y disfrutarlo llorando, llorar en el medio de la película y no en el final. Llorar sin encontrar un sentido, llorar con ruido en espacios públicos, escribir "llorar" en una hoja infinitas veces, llorar en un velatorio de alguien desconocido, abrazar y dar el pésame a aparentes familiares. Perdonen estoy buscando formas, no me juzguen.

lunes, 8 de julio de 2019

Piropo


Su mueca de total desprecio fue soberbia. Ahí, creo que ahí, fue cuando sentí algo más por ella. No le dio espacio a que dijera nada más, estaba desbordada, el fuego la corroía y al mismo tiempo se sintió fuerte, enojada pero aliviada, no masticó la rabia como las veces anteriores. Es verdad, cuando llegó a casa lloró, de rabia pero yo creo que también lloró por poder mandar a la mierda a ese hombre que le gritó en la calle. La gente a su alrededor la miró y no entendió que pasaba, nadie se metió y eso hizo que ella siga quejándose.

Desde ese día no deja pasar nada. Es verdad que muchas veces todavía no se anima a salir vestida como desearía, es verdad que muchas veces todavía siente miedo de andar por la calle sola, es verdad que todavía tiene miedo de contestar y que la ataquen, que le peguen, que la violen o que la quemen o todas juntas.

Y yo, que alguna vez le asumí que por vergüenza, nunca le pude gritar a ninguna mujer en la calle. Sin embargo siendo obscenos o cordiales, ingeniosos o burlándose me sentía un escalón abajo de esos compañeros o amigos que podían gritarle algo. Me sentí siempre por atrás de ellos, una bobada. Con el tiempo de a poco yo mismo me alejaba de ese lugar, sin tener consciencia plena, más bien, porque me molestaba. 




Y me acordé de vos amigo...

El día que le gritaste "pareces el 2 de Basañez" a una piba que había salido con su amiga y las encontramos en un carrito abierto de madrugada, ella se rió y le faltaban dos dientes, lo recuerdo claro. No pude decirte nada, tampoco me dio gracia, me sentí bastante incómodo.

El día que le gritaste "cuidacoche" a una piba que venía con vestido amarillo flúo y ella te contesto y te enojaste, afuera de aquel baile de verano que ya no está en el mismo lugar. 

El día que a las dos primeras pibas que viste por la rambla desolada les gritaste "de que juguetería se escaparon" y ellas tomaron ese grito como un cumplido. Nosotros éramos tres y ellas dos pero vos no ibas a parar hasta que te llevaras a las dos a la cama o a la primera duna que encontraras para saciar tu instinto y para demostrarnos lo macho alfa que eras. Vergüenza, solo quise escapar.

Por eso mismo, volviendo al principio, entiendo cuando te enfrentas a la situación, cuando te gritan, cuando hacen gestos de que se les cae la baba, cuando se enojan contigo si vos te enojas con ellos. Yo todavía no pude enfrentarlos como quisiera yo no pude pero vos sí, vos me enseñas mientras y en el mundo de mis cavilaciones te miro y no puedo creer que brilles tanto. 



martes, 25 de junio de 2019

Apagón internacional


Hoy conocí a Steve, entró al local de ropa donde trabajo en un shopping. Cuando entró yo no estaba en el salón, estaba arriba en la parte de depósito buscando unos jeans para mandar a otro local. Un grito desde abajo me hizo dejar de hacer mi tarea - che acá hay uno que habla inglés, vení a atenderlo que no entiendo una mierda - me dijo mi compañera. Ahí nos conocimos con Steve.

Me gustaría contarles desde el principio esta historia. Ese día me levante bastante temprano, puse la alarma a las seis de la mañana y otra seis y media y una tercera siete menos cuarto, ya a las siete estaba en pie. Las luces del baño no andaban bien tenían un tintineo poco común y cuando me entre a bañar pensé que quizás iba a saltar alguna llave eléctrica. Al salir de la ducha el apagón me agarró desnudo y congelado de frío, estaba amaneciendo, pero la oscuridad me agarró de sorpresa.  Tanteando paredes y puertas logré llegar al celular y prender la linterna.

Domingo siete y media de la mañana, la resaca de los pibes que salían del baile que tengo a dos cuadras de mi casa, un trabajador y yo. El ómnibus desde mi ciudad a la capital demora una hora. Allí nos subimos: mi sueño, la resacas al fondo y el otro laburante. El apagón no era local, en Montevideo no funcionaban ni los semáforos. En internet decían que el apagón era nacional, otros decían que en Argentina tampoco había luz, otros sumaban otros países con ciudades sin luz, otros decían que era un Hackeo Imperialista, allá ellos...

Steve me estaba esperando, yo creo que si no hablara inglés, no le hubiese dado la importancia que realmente debía, soy sincero, porque esta sociedad crea estúpidos sociales y ni yo ni nadie esta librado de esto. Steve era un completo vagabundo, era una persona que vivía en la calle o por lo menos puedo asegurar que era una persona que vivía al límite de la sociedad, un outsider, un relegado. Tenía una campera negra bastante nueva, una barba blanca larga y descuidada, un gorro azul de abrigo y un buzo de lana raído abajo de la campera, su pantalón de vestir gris era como dos talles más grandes del suyo y una riñonera de cuero era su cinturón. A Steve aun así no le preocupaba nada de eso, su problema eran sus zapatos negros.

La lluvia torrencial, el día gris, la ciudad gris, la gente de gris en el ómnibus, el apagón internacional y las casi dos horas de espera para poder trabajar ya me habían puesto de mal humor. ¿Se dieron cuenta lo insegura y frágil que puede ser la sociedad sin electricidad? Más en lugares donde tu mayor preocupación es conseguir talle de algún deseo material, más aun donde las luces siempre están prendidas, parecían niños que duermen con la luz prendida por las noches, zonas de plena oscuridad dentro de un shopping, tiendas cerradas, gente de seguridad asegurando perímetros, policías recorriendo el establecimiento. Indignación en la gente que llegaba temprano, indignación y una espera de otros tiempos, indignación en las redes sociales, alerta de atracos, millenials preocupados por la llegada de un apocalipsis, todas las frases motivacionales que puedas leer en una hora sobre accionar de forma existencialista tu día “recuerda, pon la canción que más te guste, puede ser la última que escuches”, “despídete de las personas que amas como si fuera la última vez”. Qué asco todo.

Los zapatos negros de Steve no solamente estaban mojados, las suelas tenían agujeros del tamaño de una moneda. Me llamó la atención su frío corporal, sus medias mojadas, una bolsa gigante de “Tiendas Montevideo” que llevaba con bolsas adentro y una mochila militar color verde que tenía un símbolo que decía Vietnam. Su voz era casi imperceptible, me tenía que acercar para escucharlo, el vapor que salía de sus ropas y medias era el típico olor a tierra y sudor de varios días. En un perfecto inglés, Steve me pregunto si tenía zapatos que resistan el agua, le mostré un par, no le entraron, su pie temblaba, quise ayudarlo pero lo invadí, no le gustó. Para salir de ese lugar le pregunté de dónde era y me dijo de Nueva York y enseguida mi reacción fue - ¿qué carajos haces en Uruguay?- en esa charla me enteré que Steve viajaba por el mundo, que había tenido una bicicleta y que había salido a recorrerlo sin nada. Debo reconocer nuevamente que lo empecé a ver de otra forma, le tomo una hora y media elegir zapatos, se probó alrededor de 10 pares de los cuales 9 quedaron con su sudor marcado, cuando lo pienso me rio, actividad común cuando vamos a comprar zapatos, no saber en qué pie se calzaron antes. Un acercamiento social indoloro para aporofobicos.


@la_hija_del_cafe


Dos horas después, un cliente despreciable, me pidió el mismo modelo de zapatos que se probó Steve y le traje el mismo par. Su cadena de oro, su perfume Polo que hacía juego con su camisa de la misma marca se mezclaba con el olor a sudor de un hombre libre que hacía días que no se bañaba y que solamente quería cambiar sus zapatos para poder seguir con su camino.

El apagón internacional había cumplido su ciclo. El mensaje había sido recibido. Steve estaba preparado para vivir con lo necesario, ni más ni menos. Él se aseguró que sus zapatos estuvieran sanos, que fueran útiles para su camino, a prueba de lluvia y cómodos para caminar, saco la plata, pagó y así como llegó se fue. Entendiendo que su vida estaba por fuera de este sistema pero que sin duda dependía también de él. El hombre Polo le encontró defecto a todo, nada lo conformaba y se fue enojado. Así funcionamos muchas veces como humanidad, perdidos en esta caja que te encastra y te vive limitando, como este shopping, como la gente que le teme a los apagones o a la oscuridad, como los que vivimos preocupados por la batería del celular.

Es imposible vivir sabiendo que lo que construimos a nuestro alrededor es un castillo de cartas. Es imposible pensar constantemente donde está la trampa de este sistema. Debemos engañarnos todo el tiempo, debemos vivir con la mentira a cuestas para poder seguir adelante. No podemos ver el panorama completo y estar en los detalles al mismo tiempo. No podemos evitar hacer oídos sordos a las desigualdades distantes, no podemos evitar hacer ojos ciegos a las catástrofes del día a día, no podemos asimilar tal realidad toda junta, no podemos hacernos cargo de todas las luchas del mundo, ni tampoco podemos con la realidad tal y cual es. Debemos mentirnos. Debemos hacer de cuenta que vamos a cuidar el medio ambiente, debemos creer que pertenecemos al lado bueno en cuestiones políticas y que luchamos contra el lado malo. Debemos creer, y a la vez, acortamos el campo de nuestra visión. Creer, nos entrega un montón de variables que no son más que especulaciones a base de nuestros propios sueños. Debemos vivir con la mentira, con la especulación, con la fe. Debemos remar entre la mierda pensando que hay agua, debemos creer en la medicina y en un creador que castigue o que sea misericordioso, debemos creer que lo que nos sostiene son raíces firmes y que no somos equilibristas sin una red que nos sostenga por alguna caída.

La mentira, no es más, que ocultarnos cosas para no conectar con el sufrimiento o la alegría del otro. No es para tener miedo, es cuestión de darse cuenta, que este shopping no es más que una caja de zapatos negros.

sábado, 22 de junio de 2019

El sentido de mis días

Esa noche habías dejado arriba de la mesa un cuaderno que yo mismo te había regalado. Estaba escuchando a Cohen como muchas otras noches y entre hojas con frases con la caligrafía de un médico, recordé para que usabas ese cuaderno. Cohen cantaba "Going Home" de fondo, un sincericidio de esos que escupen fuego por la lengua. Ahí escribí la siguiente frase "Buscando la felicidad en un cuaderno de frustraciones".

Desde ahí empecé a hilvanar. No dábamos más, ni ella ni yo. Hacía días que la pregunta se armaba en mi cabeza de forma desordenada, sin embargo la tranquilidad extraña de esa noche aclaró todo: ¿Cuál es el sentido de mis días? La gota sin caer de un ojo cristalino y la cara apoyada en un puño cerrado. 

Seguro estás esperando una respuesta, que responda con palabras sabias, que te abra la puerta y la luz que está del otro lado te inunde hasta el alma, pero no. No tengo esa respuesta y en todo caso la repuesta que pueda encontrar solo intentará saciar mi voluntad de vivir y no la tuya.

Últimamente en la búsqueda de tantas respuestas creamos fuentes, nuevos filósofos urbanos que con pequeñas frases nos motivan y tratamos de adaptar esa teoría a nuestra vida. Yo no puedo congeniar así, es como si en vez de servirme un plato de comida me sirvieran un plato con la comida digerida por otra persona. 

No me importa caer en lugares comunes hacia afuera, me importa no caer en lugares comunes hacia adentro y aún así por razones obvias, sigo cayendo en ellos. Me acordé de esas gomas que la mitad se usaban para borrar lapiz y la otra mitad borraban biromes. Asi son esas respuestas para mí, hay un lado de ellas que funciona mal y terminan de romper la hoja. Prefiero tener preguntas siempre, aunque a veces me hagan dudar de mi mismo.

Ya me había olvidado de Leonard Cohen, él seguía cantando esa noche, yo en ese momento fumaba más y el humo era un par de hilos que subían entrelazandose. Me quedé escuchando "Come Healing" y riéndome, la cara apoyada en un puño y la derecha escribiendo sin parar (poco Capote, mucho Keroauc) y en el camino recorrido y sin respuestas estaba la noche, estabas vos, estaba él y estaba yo, girando y olvidando y el hilo que Ariadna me había prestado para no perderme en el laberinto eran esos garabatos inentendibles que se hicieron canción.


Sirve de algo 
no entender el malestar 
que me hace dormir 
más tiempo del que quiero?

Un tiempo extra
Que no define esta partida 
Trinan las aves que emigran
Y yo las miro con detenimiento

Pasa lento
El espejo me mira 
Y yo me olvido
Me olvido
Me olvido
Del sentido de los días

Y vos estabas
Buscando la felicidad
En un cuaderno de frustraciones

La ostentación de las sonrisas
Que no reflejan
Lo que sentís por dentro

Pasa lento
El espejo te mira 
Y vos te olvidas
Te olvidas
Te olvidas
El sentido de tus días

Con los ojos abiertos
Vuelvo y se activa
Está ceguera que obliga
A no apreciar los pequeños momentos

Y yo ya presiento 
Que algo se me olvida
Se olvida
Se olvida
El sentido de los días


miércoles, 19 de junio de 2019

Palabras exactas


@la_hija_del_cafe
Con la intención de decirte cosas que nunca te dije, estuve tiempo sin decirte nada, buscando palabras exactas para describir esto que siento y no había nada. Esas palabras que no existen deberán ser creadas, por mi o por alguien que sepa cómo resumir sentimientos con palabras.
Necesito una palabra para resumir ese sentimiento que aflora cerca de mi estómago al conocer a una persona, sin tener que decir "me enamoré", el amor a primera vista que no es tal. El "me gustas" pero sacándole lo juvenil de la frase. Necesito resumir la idealización, su belleza, la esperanza, la proyección absurda. Necesito una palabra contundente, que no ande con vueltas, que resuelva mis dudas y mis miedos, que pase por alto los estándares sociales. Sin saber cómo llamarla, sé que es fuerte y que no titubea, es capaz de abrirte las puertas o cerrarlas definitivamente. Esa fuerza no asusta cómo decirle te amo en la primera cita. Necesito una palabra que te haga saber que me está pasando sin tener que empezar un planteo extenso y cursi, una palabra que suplante los besos rechazados y a destiempo que tanta incomodidad generan. Con la intención de decirte cosas que nunca te dije, sin recurrir a metáforas o analogías, estuve tiempo sin decirte nada, buscando palabras exactas que no existían. Me sucumbió el silencio.

viernes, 7 de junio de 2019

La viuda

Mi abuelo había muerto hacía poco tiempo, más allá de la tristeza, creo que todos estábamos muy preocupados por mi abuela, esos primeros meses fueron una alerta continua, cada vez que sonaba el teléfono de línea o mi celular, algo en mi cabeza se activaba. Yo había encontrado trabajo en una tienda bastante peculiar, una boutique de chocolate camino hacia el mercado del puerto. Los chocolates más finos y una variedad extensa de sabores y formas. Pasaron unos meses cuando al fin pude acomodarme en mi economía y poder así comprarle algunos chocolates de la tienda. Lo consulte con mi madre ella me dijo - chocolates no creo que los vaya a comer, mejor cómprale unos turrones - tenía razón pensé, lo que le gusta más son los turrones.

Fuera de la época de Navidad y por Ciudad Vieja a una cuadra de mi trabajo encontré un lugar donde vendían turrones finos y españoles. Agarre la poca plata que tenía en mi billetera y no lo dude, le compré un par de esos turrones, uno más duro y otro más blando. Si bien sabía que mi abuela no estaba acostumbrada a esos turrones y que compraba los baratos, pensé que no le vendría mal probar algo nuevo. Yo sabía que con cualquier detalle iba a quedar contenta, sabía que quizás lo conocido le hubiese gustado más que lo desconocido, no sé qué se me dio, quizás exagere, quería que se pusiera contenta. Después de comprar los turrones en mi media hora de descanso volví al trabajo agarre una bolsa del local de chocolates y envolví con bastante gracia los turrones.

Desde la muerte de su esposo, mi abuela ha vivido sola en esa misma casa, nunca quiso vivir en otro lugar, incluso los primeros días tras su muerte ella se quiso quedar ahí en soledad, recordando los más de cincuenta años juntos, parecía que eran inmortales.

El siguiente domingo fuimos de tarde a verla, recuerdo que le había contado a mí madre y ella había quedado de acuerdo con lo que había comprado. Cuando llegamos le di la bolsa a mí abuela con su regalo y ella en su desconcierto lo primero que dijo es lo que dicen siempre las abuelas - no tenías que traer nada, no tendrías que haberte molestado o no ande con gastos mijo - ese desconcierto de abuela que no sabe ni cómo abrir el paquete ni entender su contenido.
Mirándome me pregunta que son y le digo que son turrones, quedó dubitativa ante la idea de que un turrón esté en una caja tan grande. Mi madre le dijo que lea el paquete que se va a dar cuenta. Se puso los lentes y muy lento empezó a leer - tu...rron es...pañol tra...dicio..nal - hizo una pausa y siguió leyendo aunque luego de esa frase quedamos todos en blanco, la alerta se activo, algo iba a pasar, un frío recorría mi espalda y el sudor recorría mi cuerpo, nos agarro de sorpresa, yo pensé que había matado a mi abuela de angustia, yo pensé que no podría haber decidido peor, ¿quién me mandó a comprar turrón caro y fino? la alerta estaba presente, mi abuela había leído - turrones "Delaviuda" - y aunque al principio en su chochera no se había dado cuenta, al ver nuestras caras que no pudimos disimular, sin saber de qué hablar abrimos un turrón y mientras lo comíamos, entre charlas que no llenaban el vacío, entendimos que la silla que sobraba, la risa que faltaba, la voz que no se escuchaba, no volvería más.

sábado, 11 de mayo de 2019

Viaje


@la_hija_del_cafe
 Entre las vías de los trenes que ya no pasan, un sendero. No nos llevarían a ninguna parte. Los rayos del sol entre los eucaliptos, los rayos de las bicicletas relucientes giraban y giraban y volvían a girar como nuestras charlas que como nosotros no iban hacia ninguna parte. No vimos los detalles, no nos interesó el ruido del pedaleo, no nos conmovió la puesta del sol, no nos importó la transpiración que caía del cuerpo. Entre las vías de los trenes que ya no pasan, un encuentro. No nos llevaría a ninguna parte.

Cuando despierto siento que voy en este asiento hace horas, por no querer asumir que me parecen días los que vengo viajando de corrido. Halitosis y la cortina bordeaux que no me deja entender en el paisaje si está amaneciendo o si está atardeciendo. ¿Que hacíamos en bicicletas y dónde estábamos?  Estiro, veo que vengo solo, no hay nadie en el asiento del pasillo y me sorprendo, porque en realidad no recuerdo si venia alguien a mi lado. La noche entra rápidamente en acción y luego de mirar el reloj me doy cuenta que será mejor seguir durmiendo con la leve sospecha de que no sé cuánto tiempo de viaje me queda.

De camino a la parada es decir, de camino al trabajo es decir, de camino a la rutina es decir, de camino a la mecanización es decir, de camino a lo pactado es decir, de camino a la sociedad es decir, de camino a la supervivencia es decir, de camino a la realidad y yo, todo dormido.

Cuando despierto la oscuridad era compañera, los botones de luz tenue encima de cada asiento me hacían descansar mucho más cómodo y a gusto, aún quedaba viaje, intente pensar, no pude hacer mucho y por eso me rasque la cabeza y me ordene los pelos para estar más prolijo. Este viaje empezó por las ansias que tenia de vivir la vida, me llevo tiempo llegar hasta donde estoy pero me anime y vine, me subí y acá estoy con ansias de encontrar definitivamente un sentido a todo esto. Mire por la ventana y me di cuenta que no sabía ni por dónde íbamos, por momentos esa sensación de no tener mucha idea me hace sentir que no tengo el control y peor aún me hace dudar si me tome el ómnibus correcto. No sería la primera vez que me tomaba uno equivocado pero por alguna razón siempre pero siempre sentía ese retorcijón en el estómago cuando no sabía el camino. No es tiempo, es la distancia lo que nos hace viejos.

Abrí un armario y estaba lleno de cosas que ya no iba a usar más. Un pantalón de vestir caqui y holgado, un short de baño fuera de moda, una remera que nunca use, un par de abrigos heredados. Los tamaños, los anchos y los largos, los botones que se perdieron, los cuellos que caducaron. Todos doblados entraban en una bolsa para donar. El trabajo de tener que soltar y de tener que decidir nunca había sido tan claro.

La curva me despertó de golpe, algo andaba mal, ya hacia horas había notado un par de cosas raras a segunda vista. Este ómnibus va a una velocidad constante que no parece cambiar en ningún momento. “En fin” pensé, ya quiero llegar por lo menos hasta la primera terminal para caminar un poco. Me refriego los ojos, la noche está en auge y poco estrellada.

El próximo kiosco estaba a diez cuadras, en verdad ocho cuadras y media si cruzaba la placita. Yo sabía que iba a estar abierto ese día, porque hay gente que es visionaria o esta al pedo los treinta y uno de diciembre, pensaba. Los pies iban haciendo ruido al pisar la arenilla y el balasto, yo trataba de seguir unas huellas que me llamaban la atención porque eran del mismo tamaño que mis pies. Comprar cigarros como excusa para la vida. Nunca me vi tan beneficiado como tener de excusa un cigarro. En los boliches, en los cumpleaños, en los velorios, en los recreos, en las esperas, básicamente el cigarro es una excusa fantástica para salir del lugar donde me encuentro, hasta me hace conocer gente. Las charlas, las risas y en los silencios naturales o generados grandes reflexiones. Que buen pacto que tenemos. Te doy mi vida por generar momentos diferentes. Te veo consumirte mientras me reflejo en una vidriera y me voy consumiendo, los dos agarrados por mis dedos, juntos, como en “La novicia rebelde” cantando y girando y girando y volvemos a girar entre las colinas, con los Alpes de fondo y en el aire entre la fresca y suave caricia del viento nos estrellamos contra el piso y se nos apaga el fuego vital lentamente.

El día al fin llegaba, no debería demorar mucho más en llegar a mi destino, seguía estando cómodo y sin acompañante, hacia horas no comía y el estómago ya estaba pidiendo como un bebe de pocos meses su merecido desayuno. Mire por la ventana y el paisaje era monótono sin embargo enseguida un túnel oscureció todo y al volver ya no sentía más hambre. La velocidad constante de este ómnibus otra vez me advirtió que algo raro sucedida. Me saque los auriculares que llevaba puesto, no sé realmente desde cuando los llevaba puesto pero los oídos realmente agradecieron el silencio. Un silencio muy agradable, casi perfecto. Mire alrededor y no vi a nadie, me puse en alerta – ¿no me habré pasado no? - Un par de lagañas se cayeron cuando me levante del asiento, necesitaba un baño pero más necesitaba saber por dónde íbamos, por el pasillo y medio mareado logre llegar a la cabina del conductor, golpee el vidrio y nadie contesto, golpee de nuevo y mire hacia atrás, venia solo. Golpee por tercera vez y me anime a abrir la puerta – Perdone, falta mucho para llegar a…- ahí lo vi, lo que debería haber estado ahí, no estaba.

Me despierto del sueño, Una sensación extraña, la luz gris y la lluvia de fondo me calman,  lo que parecía la vida ya no lo era, toco las sabanas solo para saber si se sienten reales, tremenda bobada. Toco mi cara para ver si estoy vivo, ¿qué me habría pasado si no hubiera despertado a tiempo? un día más y mil excusas que servían para no levantarme. Teorías científicas y sociales alababan mi sentido protestante y reflexivo para no tener que pasar frio al salir de mi cama. Tu mensaje lacónico no lo esperaba, dos simples palabras: Traje pizza.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Cohen

En Octubre de 2016 había escrito una despedida a mi gran maestro y amigo Leonard Cohen. Aun lo extraño, lo encuentro entre líneas de mis propias canciones, en líneas de libros y artículos para cocina, lo veo en muchos lados aunque lo extraño. Asumo que de vez en cuando lo busco, no es casualidad el encuentro, asumo que de vez en cuando no lo encuentro en ningún lado y no me afecta pero sin duda cada vez que lo encuentro hace la diferencia, me deja un mensaje. Este réquiem que sigue a continuación era un hasta luego.

La primera vez que me cruce con Leonard Cohen no fue hace tanto tiempo. Nos quedamos hablando de viejas ideas. Era tres de diciembre de 2014, yo estaba esperando unas frías navidades en el norte, esperando la nieve, recuperándome de la fiebre que me había dado por el cambio de estación. De verdad no recuerdo muy bien si alguien me dijo “ese es Cohen” o si venía con su gabardina negra, sus manos escondidas en los bolsillos, si escondía su boca con ese cuello levantado, si venía con su sombrero de Al Capone. La primera vez que conocí de verdad a Leonard me dijo que era un deportista y un pastor, que era un bastardo perezoso viviendo en un traje. Ese viaje me hizo verme con Cohen más de una vez, a veces me hablaba de Janis o de Suzanne y sus ganas de viajar con ella. Me conto una vieja historia con Marianne cuando se reían y lloraban, lloraban y se volvían a reír de toda su historia nuevamente. En ese pequeño tramo que compartimos, mientras el frio ya no nos dolía, fumamos varios cigarrillos por la melancolía, como forma de brindis, como motor y maldición de nuestras vidas. Le conté un poco de mí, se rió y me reí. Era un tímido joven con arrugas y canas. Le pregunte sobre la religión y me conto que todos los caminos llevaban a la misma meta, solo había que encontrar el camino correcto para llegar. Leonard nació judío, pero ya hacia un tiempo era un consagrado budista y había estudiado con un gurú hindú. No hablamos mucho más, no me conto sobre sus poesías, ni que tenía una casa en una isla griega. No me conto mucho de Canadá, ni de quienes eran en realidad Krantz y Beavman. 

Paso algún tiempo, es verdad, Leonard había entrado en la lista de esos artistas que nombras cuando alguien te hace esa pregunta desconcertante, vacía de encanto, llena de curiosidad: ¿Qué música escuchas? Entre la música que respiro, este pibe melancólico, espiritual, escritor por encima de todo me hace sentirme en casa. Con sus palabras no solo puedo sentirme identificado sino que también puedo aprender a encontrarme. Un artista completo, quizás no tan conocido como Dylan, igual de merecedor del premio Nobel de Literatura. Este canadiense prefirió otro camino, el camino de las sombras, con su pánico escénico a los 80 años, con su postura de gánster. Su canto casi hablado que me hace acordar a Lou Reed pero con una voz profunda casi ronca. Esa voz que empezó tierna, dulce, se terminó convirtiendo en su distintivo, como Sabina o como el mismo Dylan. Yo prefiero al Leonard de la voz gruesa y profunda que saca su mejor faceta de poeta.

 Su canción más famosa es Halleluyah, versionada por muchísimos artistas, una de esas canciones que no necesitas saber lo que dice para hacerte emocionar. Otra de sus canciones versionadas por muchos consagrados artistas es Suzanne. Atrás de esas canciones muchísimas canciones igual de buenas. No le encuentro sentido hacer una lista de esos temas, porque Cohen en cada canción que la reproducción automática de You Tube o el ranking de canciones de Spotify te vaya regalando será única. Te dejara un mensaje para vos que solo vos entenderás yo ese será tu secreto con Leonard.

Su último disco salió el 21 de octubre de este año (You want it darker). Sentí que nos había dejado un testamento a todos, una carta de despedida, un epilogo de la novela de su vida. “Hineni, hineni, i´m ready my Lord”. Hineni es una más de sus referencias bíblicas, “heme aquí, heme aquí, estoy listo mi Señor”. Su muerte no me entristece, Cohen es el símbolo de esas personas con las que no te quedo nada por decirles. Leonard es de esas personas que pudiste disfrutar a pleno, que no se reservó ni una palabra, ni un punto, ni una coma. Ese tal vez era su juego favorito.




martes, 30 de abril de 2019

En silencio

lo vi sentado bajo el techo de un boliche de antes, una mesa de madera redonda y oscura, mirándolo tres sillas vacías a tono. Unos parlantes chinos sobre la pared beige resquebrajada. La calle a la que miraba era de balasto y de arena que se mezclaba, entre la marca de los autos que pasaban cada tanto. En la mesa un par de lentes con huellas en los cristales y un vaso de vino a medio tomar. En ese momento saca una hojilla amarilla más clara que la mancha de nicotina de sus dedos, prepara el papel lo dobla entre su dedo índice y agarra el tabaco, con paciencia y dedicación, arma un pequeño cilindro con barba de un lado. El fuego hace crujir las hebras marrones que se calcinan y se convierten en ceniza, el humo de su boca se disipa en un tenue remolino hacía el cielo. Entonces pensaba y la melancolía se regocijaba en ese silencio.

lunes, 29 de abril de 2019

El fútbol que te parió


¿Quién se olvida de tus mates? No, en serio ¿quién se olvida? Eran horribles, lo cebabas la primera vez y ya quedaba lavado. Sería una de las pocas cosas que pagaría para poder repetir aunque sea una sola vez, una sola vez de esos mates lavados.

Nadie acá está entendiendo nada, no saben ni quien sos vos, ni quién soy yo, a vos no te importa quienes son ellos pero a mi si me importa que se lleven una imagen de vos, la humana, no la endiosada, parece que hay que morirse para tener buena reputación o para que te valoren, como si la muerte pagara todas tus deudas. Me enseñaste, entre gestos, que había que ir con la mejor predisposición cuando alguna vecina te llamaba para que le arreglaras la heladera o le mates alguna rata o comadreja arriba de la parra. Aunque nunca te diste cuenta, tenías una inocencia particular de quejarte solamente por cosas pequeñas o muchas veces por cosas tontas. Tu mayor enemigo no era ni la poca plata que había, ni la familia, ni el alcohol, lugar donde te refugiaste en los últimos años de vida. Tu mayor enemigo eran los jueces de futbol, esos si te llevaban directamente a un frenesí, a una exasperación contundente y abrupta, la frase más amable era “cuervo cagón” o “este cuervo nació ciego y la…” y la que te crio.

Los jueces siempre fueron tu mayor obsesión, me acuerdo de verte contra el alambrado del estadio de Cinco Esquinas, persiguiendo al juez de línea como perro que se obsesiona corriendo autos, eras el hazme reír de todos los pibes del barrio, que adoraban tus líneas dantescas contra los jueces de turno. Esa rivalidad estoy seguro, aunque nunca me lo contaste, que nació cuando jugabas al futbol, nunca entendía bien de que habías jugado, como a los quince años entendí que jugar de 2 o de “ba” era ser zaguero central. Yo creo que ahí nació tu rivalidad, esos que antes eran amigos y que por tomar caminos opuestos en el field eran rivales, al principio de vez en cuando se miraban de reojo, se engatusaban un poco, de un lado uno para que no le cobraran la falta del otro lado el juez para que el partido no termine en bataola. Los jueces siempre fueron tus rivales más acérrimos, no se diga más, ni los militares lograron tanto odio como los cuervos. Pasaste una vida deportiva esplendorosa con muchos títulos de la OFI, siempre estuviste cerca del boliche del club y por suerte cuando te fuiste de gira eterna a jugar con todos esos amigos que se te habían ido, te reconocieron como un grande de la historia del club porque siempre estuviste involucrado, toda tu vida haciendo lo que pudieras, hasta le masajeaste las piernas a Juan Joya en el setenta y algo, con una anécdota muy divertida donde le pedias que se corriera el paquete para  masajear la otra pierna. Ya de viejo entendiste el futbol de otra forma, la cabeza ya no entendió tan claramente la estrategia, los nombres de los jugadores que cambiaban a cada seis meses y menos, la velocidad de un futbol, donde cualquier roce era falta y ya nadie le pegaba de rabona. Ahí se te fue la moto de verdad, no dejabas arbitro con madre sana, no había más familiares a salvo ya en tus ultimas idas contra el alambrado intentabas hablar con el técnico para que los pibes jugaran como vos querías, eras un completo desastre, la vergüenza que me generaba me hizo no querer más ir a la cancha contigo. Creo que vos por un lado no lo entendiste pero en realidad creo que te chupo realmente un huevo, estabas endemoniado con sepultar jueces de futbol.

Si bien no fui más a la cancha, de verdad no me arrepiento, había que escucharte en tus teorías de juego rustico y con palabras raras como: Ba, obul, ja, orsai, el ocho y algunas más como ful o poste. Era chico perdóname, no entendía nada del otro futbol, de ese que jugabas vos, el de los partidos con más de cinco goles y los goleros de boina. Ese futbol de pelota pesada y de mucho roce.
 Mirábamos a Peñarol en casa y de adolescente entendí de tus quejas constantes sobre las faltas que cobraban estos jueces modernos.  ¿Cómo podía ser que el jugador se barriera de atrás, toque la pelota primero y le cobren falta? ¿cómo podía ser? Bueno en realidad se barrió de atrás toco la pelota primero pero con la otra pierna le arrastro todo el pie de apoyo y el adversario salió volando contra la estática del lateral. Tus puteadas aparecían en esplendor, la abuela se ruborizaba y en su vergüenza decía alguna cosa ingenua o sin sentido como para cambiar de tema o te decía que te calmaras tímidamente. En tus últimos años ya cada vez entendías menos, pero tus frases de cabecera eran una maravilla: “del bigote para abajo es todo pierna” y “el jugador tiene que correr hacia la pelota y no esperar a que le llegue” (Lolo Estoyanoff esto te lo decía a vos sobretodo) En tus últimos años pudiste comprarte una buena tele y ponerle cable, eso también era una maravilla, usabas dos o tres canales nada más, buscando siempre algún campo verde donde ruede algún botija por el suelo para que vos pudieras aplaudir la falta y después comentarme con fascinación que en la noche habías visto un partido que los de rojo le habían pegado una patada al de amarillo cuando quedaba solo contra el arco, que lo zumbo y que no habían cobrado nada.

Fascinación y deterioro, ya no sabías ni te importaba realmente, creo que solo a mí me enojaba  un poco tu deterioro, el que nadie notaba, o nadie quería notar. Fascinación de ver partidos cerca de media noche sin saber de cuando eran, ni quien jugaba, y muchas veces  no saber cómo había terminado. Eras increíble en eso viejo, te lo tengo que decir, ya estabas sobrevolando en un mundo donde ver rodar la pelota iba mucho más que saber el nombre de los jugadores, cual era mejor cuadro, de cuando era el partido, tu poder de sorpresa superaba cualquier cosa, te sorprendían jugadores campeones del mundo a los que no reconocías. Que fantástico, que ganas de putear que tengo, verte disfrutar el futbol por lo que el futbol mismo significa; era mortal y si podías putear a un juez mejor y si había una piernita arriba que no cobraban mucho mejor, si el partido salía cero a cero eso no importaba.

 Una vuelta te agarre viendo un partido del Arsenal de hacia como diez años atrás, jugaba Sol Campbell y Henry era un pibe muy joven y vos estabas  encantado con uno que jugaba de lentes en la Juventus, imagino que te llamaba la atención y que era al único que pudiste seguir sin confundirte, ese partido lo gana uno a cero la Juventus con gol de Zalayeta, que en ese momento (diez años después) había vuelto a Peñarol y que vos no lo reconociste.

El deterioro no fue de un día para el otro, yo sé que vos no te diste cuenta nunca, fue horrible verte colgado mirando un punto fijo sin poder escucharnos a nosotros que a veces te gritábamos dos o tres veces antes de que reaccionaras y para tratar de disimular tu barullo interno sacabas algún tema o decías algo que casi siempre ya lo habíamos hablado dos minutos atrás. Fue duro verte así, fue duro ver que no te sentías viejo, que no aceptabas el paso del tiempo, fue duro ver cómo le recriminabas a Dios la muerte de tu hermana, fue duro tener que ir a buscarte al boliche borracho y no poder hacer nada con el violento que se manifestaba  hasta que caías tendido en la cama, fue duro llegar muchos domingos al mediodía y aguantarte medio borracho porque no aceptabas la poca tolerancia al whisky barato que te fulmino. Fue duro tener que aceptar la pasividad de un medico al que ibas todos los meses y que no te mandaba hacer chequeos de nada hasta que un día fue muy tarde, fue duro cuando te dijeron que no podías hacer más fuerza por riesgo de un ataque cardiaco, fue duro verte negarte a que no pudieras usar tu fuerza y entenderte porque  que toda la vida fuiste inventor y creador con cosas que encontrabas en la basura o que ya nadie usaba (por ejemplo, un carrito que me hiciste con unas ruedas patonas de un auto de juguete)  o que arreglabas cualquier tipo de cosa, desde una heladera hasta un jarrón de cerámica. Fue duro tener que haberme encargado de taparte y de cuidarte y fue bonito a la vez, porque sentía que te estaba devolviendo de alguna manera todo lo que vos me protegiste a mí y valorar por encima de los errores que son los que nos hacen humanos.

Cuando moriste, del club vino mucha gente a saludarme y te hicieron tremendo reconocimiento yo sé que estabas ahí porque te vi. Me quedo con lo que me dijo un hombre que en ese momento había agarrado el boliche del club y que te conocía desde hacía poco tiempo relativamente, me agarro del hombro se metió una mano en el bolsillo, saco una bolsita transparente con caramelos y me los dio y me dijo “tu abuelo, siempre, todos los días venia y cuando veía a mi hija más chica, sacaba del bolsillo algún caramelo”, ahí sí, que en honor a vos putee al cielo y me largue a llorar con una mezcla de felicidad y de tristeza tan bien mezcladas que no me sentía contento pero tampoco triste por tu perdida, estaba en un punto medio, un limbo, enseguida se me vino un flashback digno de Hollywood de las veces que me ibas a buscar al jardín, luego a la escuela, cuando me llevaban comida al mediodía o escuchando el cassette de “cielo del  69” en el Chevrolet Malibu que tenías, un auto inmenso que en el asiento de adelante era como los asientos de atrás de los autos de ahora y podíamos ir los tres juntos, vos, la abuela y yo. Siempre que me veías, revisabas tus bolsillos y me regalabas una cajita de chicles o algún caramelo, es más, si no tenías me dabas dos pesos para que me comprara. Se me cayeron las lágrimas en ese instante donde vi que tu sencillez y tu afecto no solo rodeaban a tu familia, sino que afectaba a todos tus vecinos y que eras muy importante para ellos y sobretodo muy querido. No te dabas cuenta de eso o por lo menos, no le prestabas atención a eso, no te importaba el reconocimiento, no podrías haber existido en épocas donde todos de alguna forma generamos con las redes sociales esa dependencia de atención y reconocimiento.

Cuando moriste, estábamos haciendo la misma cosa los dos, vos en tu casa y yo en la mía. Te moriste mirando futbol, estoy seguro que lo último que viste antes del suelo fue una pelota revoleada bien alta sobre un césped mal cortado y medio seco pero que en algunas partes estaba verde. Debe ser por eso que me gusta los fin de semana prender la tele y dejarla en el canal del futbol hasta que aparezca casualmente algún partido, sin importar que liga es, ni los cuadros, ni quien juega, solo tenerlo ahí como hacías vos.

sábado, 27 de abril de 2019

No te creas tan importante

“Las clases y el conflicto de clases, lejos de fundarse en las relaciones de producción, se fundarían en la distribución global, en todos los niveles, del poder en el interior de las sociedades “autoritarias”, es decir, sociedades caracterizadas por una organización global de dominio-subordinación consistente en una distribución "desigualitaria”, en todos los niveles, de aquel poder.”



NICOS POULANTZAS


¿Viste esa persona que te cuida el auto por unas monedas? Si, ese que pasa desapercibido hasta que vas a estacionar el auto y te pone de malhumor el mangazo por un servicio que en realidad crees que es a prepo, pero por las dudas de que te lo roben o te lo rayen terminas aceptando de mala gana. Bueno, de la misma manera parece que funciona nuestra sociedad cuando vota, solo que esta vez ya no sos el dueño del auto, no te lo podes creer! Imagino que te preguntaras como vos, que sos una persona de bien, puede llegar a ser ese marginado sin valores, ni principios ni una vida honrada, pero si, ese sos vos. Entiéndase el sarcasmo.


A este político que es en paralelo el dueño del auto, no le importas mucho, en realidad le importa que no le toquen lo que es de él e intenta de tratarte bien para no salir perjudicado, que en concepto de política, no es solo no quedar en el fondo de las encuestas y luego llegar último en la elección, en todo caso, si eso pasa, el punto más importante es saber caer bien parado para las próximas votaciones o para poder estacionar en ese lugar en otra ocasión.


A este cuidacoche, le viene bien por necesidad cualquier moneda, como a vos, persona honrada, entonces también se enoja cuando hace su trabajo y no le pagan. Vos sos esa persona para algunos políticos. Políticos que viven en total contradicción entre las leyes que votan y sus promesas, políticos que ganan y se olvidan de vos, políticos que derrochan la plata en arreglar autos rotos, políticos que se hacen los desentendidos y sobre todo políticos que muchas veces te pasaron por arriba y quedaste con una mano atrás y otra adelante. En ese momento fue cuando empezaste a pedir una tarifa fija para que venga un conductor y se estacione ahí. Algunas veces pediste de más y abusaste en el precio, pero otras veces fuiste justo aunque el conductor desestimara tu pedido o te pagara de malhumor. Salvando las distancias, porque vos, persona que vas a votar promesas que otros rompieron, nunca te pondrías en los zapatos de un cuidacoche.


Sin embargo estas pendiente, mirando para los costados esperando que otro auto se acerque, a veces te vas a la mitad de la calle diciendo que hay lugar, ahí estas vos, esperando que venga otro auto o político que te de unas monedas y en paralelo que te haga confiar de nuevo en un sistema político sin trampas, ni corruptos, ni grandes errores, que te de educación, seguridad, buena asistencia de salud y que te baje los impuestos pero que arregle las calles, que sea eficiente y que te de buenos salarios.


Los clásicos prejuicios entre cuidacoche y dueño del auto parecen no tocarse nunca, el dueño siempre está queriendo poner límites: ¿qué pasaría si un cuidacoche tiene más plata e intenta comprarse un auto?, seguramente el dueño empiece a dudar de dónde saca el dinero, si tiene un negocio de drogas y trata de no alentarlo. En el caso inverso la duda es la misma, exactamente igual: seguro que metió la mano en la lata, seguro que hay corrupción en todos lados y trata de no alentarlo a que siga conduciendo. Pongámosle un nombre a esta interacción: “DesNivel de DesConfianza”. Al parecer aunque este "desnivel" nunca parece ser arreglado, dueños y cuidacoches en práctica parecen no haberlo notado y hacen de cuenta que donde se estaciono el auto no hay tremendo pozo. Cuando hay un nivel de desentendimiento de estos prejuicios en general es porque las dos partes llegaron a un acuerdo, pero como la calle sigue un poco mal, estos acuerdos son bastantes frágiles, porque el pueblo quiere ser dueño del auto y el dueño del auto quiere que sigas siendo cuidacoche.


La relación dueño del auto y cuidacoche se puede generar confusa para cualquiera de las dos partes. El dueño del auto generalmente se apronta para bajarse del auto y decir lo que quiere decir, cree que nunca se va a confundir en esta efímera charla donde el cuidacoche toma iniciativa y hace una pregunta y el dueño del auto contesta. A simple vista y teorizando es sencillo. El problema es que el dueño del auto en realidad no es la persona segura que demuestra ser y teme entre las variables que le puedan pedir plata de una, que lo roben, entre otras cosas, traduciéndolo, el político sabe que las personas tienen preguntas y su labor básicamente es contestar pero su inseguridad es como el pueblo va a tomarse su respuesta. 

Muchas veces el conductor acepta el servicio y listo, caso cerrado por Ana María Polo. Otras veces el político no entiende la pregunta, ya sea porque el pueblo no se expresó con claridad o como hace el abuelo que le viene la sordera cuando le conviene y ahí se arma la hecatombe la debacle total un montón de hechos bochornosos que termina con autos partidos en dos por separación de bienes, autos todos rotos y escrachados, autos que se los lleva la grúa y solo poniendo la plata se puede recuperar, autos muy gastados que se venden para renovar y comprar un auto más nuevo (algunos cambian de color por ejemplo tenían un auto rojo y compraron uno verde), autos viejos con valija espaciosa pero con manchas de dudosa procedencia en el tapizado del asiento de atrás o autos que eran de usos compartidos pero que después de un par de discusiones parece que cada uno está empezando a comprar su propio auto. 

Del otro lado de esta charla cotidiana, el cuidacoche sabe que va a decir, la pregunta es simple, no le interesa más que le den vueltas para decirle que si o que no, en realidad se enoja un poco que el dueño del auto no diga ni buenos días y aun así le ande con vueltas y todo para contestar si o no.
Es bien simple hagamos una representación cotidiana: el cuidacoche dice - ¿Cómo van a mejorar la seguridad pública y la educación? ¿Cómo bajarían los impuestos y aumentarían los puestos de trabajo? - mientras el dueño del auto contesta - sí, si dale – a paso veloz y relojeando la hora para no mirarlo a la cara.