En
Octubre de 2016 había escrito una despedida a mi gran maestro y amigo Leonard
Cohen. Aun lo extraño, lo encuentro entre líneas de mis propias canciones, en líneas
de libros y artículos para cocina, lo veo en muchos lados aunque lo extraño.
Asumo que de vez en cuando lo busco, no es casualidad el encuentro, asumo que
de vez en cuando no lo encuentro en ningún lado y no me afecta pero sin duda
cada vez que lo encuentro hace la diferencia, me deja un mensaje. Este réquiem que
sigue a continuación era un hasta luego.
La primera
vez que me cruce con Leonard Cohen no fue hace tanto tiempo. Nos quedamos
hablando de viejas ideas. Era tres de diciembre de 2014, yo estaba esperando
unas frías navidades en el norte, esperando la nieve, recuperándome de la
fiebre que me había dado por el cambio de estación. De verdad no recuerdo muy
bien si alguien me dijo “ese es Cohen” o si venía con su gabardina negra, sus
manos escondidas en los bolsillos, si escondía su boca con ese cuello
levantado, si venía con su sombrero de Al Capone. La primera vez que conocí de
verdad a Leonard me dijo que era un deportista y un pastor, que era un bastardo
perezoso viviendo en un traje. Ese viaje me hizo verme con Cohen más de
una vez, a veces me hablaba de Janis o de Suzanne y sus ganas de viajar con
ella. Me conto una vieja historia con Marianne cuando se reían y lloraban,
lloraban y se volvían a reír de toda su historia nuevamente. En ese pequeño
tramo que compartimos, mientras el frio ya no nos dolía, fumamos varios
cigarrillos por la melancolía, como forma de brindis, como motor y maldición de
nuestras vidas. Le conté un poco de mí, se rió y me reí. Era un tímido joven
con arrugas y canas. Le pregunte sobre la religión y me conto que todos los
caminos llevaban a la misma meta, solo había que encontrar el camino correcto
para llegar. Leonard nació judío, pero ya hacia un tiempo era un consagrado
budista y había estudiado con un gurú hindú. No hablamos mucho más, no me conto
sobre sus poesías, ni que tenía una casa en una isla griega. No me conto mucho
de Canadá, ni de quienes eran en realidad Krantz y Beavman.
Paso algún
tiempo, es verdad, Leonard había entrado en la lista de esos artistas que
nombras cuando alguien te hace esa pregunta desconcertante, vacía de encanto,
llena de curiosidad: ¿Qué música escuchas? Entre la música que respiro, este
pibe melancólico, espiritual, escritor por encima de todo me hace sentirme en
casa. Con sus palabras no solo puedo sentirme identificado sino que también
puedo aprender a encontrarme. Un artista completo, quizás no tan conocido
como Dylan, igual de merecedor del premio Nobel de Literatura. Este canadiense
prefirió otro camino, el camino de las sombras, con su pánico escénico a los 80
años, con su postura de gánster. Su canto casi hablado que me hace acordar a
Lou Reed pero con una voz profunda casi ronca. Esa voz que empezó tierna,
dulce, se terminó convirtiendo en su distintivo, como Sabina o como el mismo
Dylan. Yo prefiero al Leonard de la voz gruesa y profunda que saca su mejor
faceta de poeta.
Su
canción más famosa es Halleluyah, versionada por muchísimos artistas, una de
esas canciones que no necesitas saber lo que dice para hacerte emocionar. Otra
de sus canciones versionadas por muchos consagrados artistas es Suzanne. Atrás
de esas canciones muchísimas canciones igual de buenas. No le encuentro sentido
hacer una lista de esos temas, porque Cohen en cada canción que la reproducción
automática de You Tube o el ranking de canciones de Spotify te vaya regalando
será única. Te dejara un mensaje para vos que solo vos entenderás yo ese será tu
secreto con Leonard.
Su último disco salió el 21 de octubre de este
año (You want it darker). Sentí que nos había dejado un testamento a todos, una
carta de despedida, un epilogo de la novela de su vida. “Hineni, hineni, i´m
ready my Lord”. Hineni es una más de sus referencias bíblicas, “heme aquí, heme
aquí, estoy listo mi Señor”. Su muerte no me entristece, Cohen es el símbolo de
esas personas con las que no te quedo nada por decirles. Leonard es de esas
personas que pudiste disfrutar a pleno, que no se reservó ni una palabra, ni un
punto, ni una coma. Ese tal vez era su juego favorito.

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