jueves, 14 de mayo de 2020

El Místico

Todos los amantes de The Beatles queremos que George sea nuestro beatle favorito, creo yo, porque eso nos hace ver un poco más interesantes, aunque no sepamos que decir de él, más que enumerar algunas canciones y sentirnos un poco más elevados y entendedores de la música que vibra fuerte. 

Sin embargo unos cuantos no tienen ni idea de los temas que Harrison compuso para la banda más mimada de la historia, muchos menos son los que saben que George uso un gong, si un gong en un tema y aunque no le interese a nadie es el principio de esta historia, donde participa Madonna y a su vez es la canción de una película de la década de los 80s donde actúa con su flamante esposo Sean Penn, donde los dos juntos al gong buscan opio en 1938. Una película que estuvo nominada a la séptima edición de los Golden Raspberry Awards, donde Madonna ganó el premio a la peor actriz del año y Penn perdió el premio con Prince como peor actor del año por la película Under the Cherry Moon. Esta historia quedó escondida en el disco Cloud Nine, escondida como el juego de E.T. para Atari.

Todos queremos que sea George ese Beatle iluminado, centrado y cósmico, ese beatle que la fama no se le subió a la cabeza, todos queremos que sea él, aprender a tocar el sitar como él, hacernos los místicos, un sueño que se desvanece rápido, nadie vende sitares por estos lados y si se venden no hay quien enseñe a tocarlos como se debe y eso hace efímero el sueño de tocar sitar, no hay Ravi Shankar, no hay viaje a Darjeeling posible. Sin embargo pocos saben que a través de George y su influencia hindú ocurrieron un montón de historias mínimas. Historias como la de Haruki Murakami que en su libro más famoso su protagonista vuelve a recordar traumáticos eventos de su adolescencia al escuchar Norwegian Wood, quizas el primer tema de The Beatles al que George le hizo arreglos con un sitar. 

Sin embargo muchos no saben que antes de la disolución de la banda, George ya había compuesto un disco solista para una película que muchos años después inspiraría a los hermanos Gallagher de Oasis para uno de sus temas más famosos: Wonderwall. En 1968 un disco de sitar para una película psicodélica, con ayuda de Ravi Shankar & company. Este famoso músico hindú al que hace unos años se lo confundió con el gurú Sri Sri Ravi Shankar que en 1981 creo la secta "El arte de vivir" donde curran con enseñar a meditar. Pobre Ravi, el músico, el brahmán que le enseñó a George, pobre Shankar el papá de Norah Jones, ¿Sorprendidos? Este músico que a pesar de nacer muchos años antes que George lo acompañó hasta el día de su muerte.

En 2002, Londres Ravi Shankar haría el increíble Concert for George para conmemorar el primer año de George iluminado. En él participaron Eric Clapton quien le usurpó el amor de Patty Boyd a George a fines de los 60s, Terry Gilliam y los Monty Python, Tom Petty, Paul, Ringo, un joven Dhani Harrison hijo de George y toda la banda del Ravi. Un emocionante homenaje al "beatle callado".

Esta es parte de la historia de George, un Gong, Madonna, Sean Penn, opio en Shanghái, los Golden Raspberry Awards, Prince, E.T., Ravi Shankar, su hija Norah Jones, Murakami, Norwegian Wood, los Gallagher, Oasis, Wonderwall, Sri Sri Shankar, El arte de vivir, Eric Clapton, Patty Boyd, Terry Gilliam, Los Monty Python, Tom Petty, Paul, Ringo y Dhani Harrison en un concierto homenaje. Todos queremos que George sea nuestro beatle favorito y ahora empiezo a entender porque.

jueves, 23 de abril de 2020

Lento reproche

Que si me lleva algo
Que me lleve el viento
Que me lleve lento
Que sepa cuanto valgo

Fuente del reproche
Que me duela fuerte
Calma ya a la muerte
Fiebre de la noche

Cuéntale la historia
De la hoja en blanco
Sentado en un banco
Cuéntale memoria

Que si me lleva algo
Que me lleve el viento
Que sino lo invento
Como aquel Hidalgo

Consume el latido
Borra lo pendiente
No dejes que reviente
Haz lo requerido

Marfil el último aliento
Ahora ya cabalgo
Que si me lleva algo
Que me lleve el viento

miércoles, 8 de abril de 2020

Antes

Antes que te vayas
Antes que la noche te atrape
Antes mucho antes
Cuando el viento te destapa

Antes que te vayas
Antes que toda lógica escape
Antes mucho antes
Cuando el miedo te agazapa

Sabe bien tu esencia
Que nunca te dejará
En una habitación a oscuras

Huye toda duda
Cuando la mañana entra por la estera
Larga se hace la espera
Para que tu cabeza quede muda

Antes que te vayas
Antes que el descanso parezca eterno
Antes mucho antes
Antes que desciendas en tus sueños veraniegos

Sabe bien tu esencia
Que nunca te dejará
En una habitación a oscuras

Sabe bien tu esencia
Que el silencio
Es la tranquilidad a tu locura

lunes, 6 de abril de 2020

Sensación Oscura

Tengo esa sensación oscura de querer perderme, entre cuarentenas y sus valiosas excusas, para no verme ni en el espejo, ni salir a dar una vuelta. Olvidarme de que son las baldosas rotas que me mojan los pies cuando tengo frío. 

Tengo esa sensación oscura que quiero perderme entre historias de otros, ficticias y ocurrentes. Olvidarme del olor al pasto recién cortado. Acostumbrar la vista a la gran escala de grises. 

Tengo la sensación de que el frío recorriendo la piel en la oscura madrugada ya no es miedo, es locura. Es un vino muy caro que da lastima abrir y se guarda para una ocasión que nunca llega. Se guarda tanto, que pierde el sentido de tenerlo, de tomarlo. Cuando se abre ya está feo, se quiebra el corcho y flota en un mar rojo desgranandose de a poquito. El miedo es un vino caro, es la última porción de pizza en una reunión entre conocidos.

Tengo la sensación oscura de querer perderme en esta cuarentena idiota, aburrida y silenciosa. Quiero abrazarla como a un peluche cuando tenía 5 años. Que me ayude a convivir con el insomnio, con las migrañas y los pensamientos suicidas, como quien desayuna alimentos procesados y tome refresco todos los días de su vida. Que me ayude a vivir la pena capital de no ser suficiente, convirtiendo mi casa en mi cárcel, en mi celda. Pudiendo conservar la llave, un recluso que pelea por su rehabilitación y las salidas transitorias.

Tengo esa sensación oscura de querer ponerme en la vereda del frente a las personas que no se cuestionan, de los estúpidos por compromiso, de los que terminan escupiendose la cara cuando salivan al cielo, de los que opinan solamente y exclusivamente boludeces. Oscura la indecisión de no saber si querer matarlos o querer que dominen el mundo y que explote todo conmigo adentro y dejar de sentir este color sangre que quema. Individuos que caminan con una bomba en el cuerpo sin saberlo. Una civilización muriendo por cretinos y estúpidos. 

Tengo esa sensación oscura y bíblica del castigo divino al atracón de comida por las madrugadas, la mirada penetrante de un Dios al que realmente le importa y me tiene presente aunque cometa pecados imaginarios que proyecta mi cabeza ante la necesidad de ser visto por alguien superpoderoso que no guardo ni la esperanza de que exista. Una sensación oscura de vivir en un gran hermano donde todos mis secretos, en realidad son anécdotas de un montón de gente que me odia y me admira. La misma sensación donde ser protagonista de mi vida significa ser famoso y exitoso de una manera capitalista y fabulosa. Donde todo lo demás es un fracaso mundano y con harapos sucios en el medio de un baldío.

Tengo la necesidad oscura de compartir el miedo al que me enfrento. Como un tatuaje indeleble en la memoria irresponsable de un bote de pesca artesanal, en el medio de una tormenta que no puede recoger sus redes.

miércoles, 16 de octubre de 2019

Lontananza

No hay donde ir, el escape pensado era una utopía por dónde se lo mirara. La idea de un mundo mejor y estar en sintonía con sus pares, lo devolvería a la tierra. La imposibilidad de encontrar soluciones era la excusa perfecta para seguir confirmando su lugar, expectante, un nuevo sol lo haría putear en voz baja. Un descanso al mediodía le hizo pensar en los trenes que pasan, en los trenes que vuelven, imaginando fugazmente que estaba sentado en un asiento mirando la ventana de un paisaje agreste y se veía de lejos. Un reflejo sacudió su cabeza, las bocinas de los autos lo devolverían a la tierra. Miro la hora, miro al cielo buscando aviones, intentando volver a ese viaje infinito pero no había nada, no había nubes, no había aviones ni respuestas, el día no podía ser más perfecto.

Como siempre llegar a las seis, dejar su maletín en un escritorio, separar papeles, saludar a su esposa con media sonrisa, sentarse en silencio en un sillón, poner las noticias para disimular porque en realidad, no las escuchaba, responder con monosílabos las preguntas. El tren volvía a su cabeza mirándose en lontananza, el teléfono llamaba y esa conexión lo devolvería a la tierra.

Al primer vaso le quedaban solo los hielos cuando prendió un cigarro y decoro con humo el living, un segundo vaso estaría por llegar. Se iba, como una droga que dilata las pupilas, se iba, como un día de playa siguiendo el trayecto del sol. Subió por la escalera hasta la terraza, las voces lo llevarían hasta el filo, buscaba aviones y no respuestas, buscaba escapar, que lo viniera a buscar una estrella. Al tirarse volaba y ahí estaba sobrevolando la ciudad, cruzándose con la noche y las luces de las calles, recorrió el barrio de su infancia, giro hasta llegar a su trabajo, volvió a subir sin esfuerzo tratando de tocar la luna. Ver su edificio lo devolvería a la tierra y en ese sillón se convenció - La vida es una distracción - se dijo y se durmió

viernes, 27 de septiembre de 2019

Cavilaciones


Un día malo lo tiene cualquiera, incluso si no te mojaste con aquel día. Aquel no era un día gris y luminoso, la tormenta había entrado temprano en la mañana, se hacía difícil distinguir el amanecer de la madrugada. Un día malo lo tiene cualquiera, incluso si tenes tu propia oficina, si subís a tu auto bajo un techo y llegas bajo otro techo sin tener que mojar tus zapatos en el asfalto, ni lidiar con las baldosas rotas en los días de lluvia. Repito, un día malo lo tiene cualquiera, incluso si llegas a las 6 de la tarde a tu casa y tenes quien te sirva la cena, quien haga los quehaceres, incluso si podes darte dos duchas diarias.

En sus cavilaciones la consigna era clara pero giraba en círculos su proceder: la soga es efectiva pero no tengo donde ponerla, el tiro me da miedo de no matarme y tener que seguir vivo, seguramente en peores condiciones. Las pastillas no son una mala opción pero si no funcionan o no son suficientes se van alertar de mi forma de actuar. Agarrar el auto ponerle un manguerón en algún garaje cerrado y tratar de intoxicarme me parece un trabajo lento.

Así giraba su cabeza, giraba su rutina, no se daría cuenta que al final del día estaría sentado en el borde de su cama, una lámpara con una luz cálida lo atraparía, sus codos en las rodillas, la cama perfectamente tendida. Pensativo, mas borracho que sobrio, un vaso de whisky en su mesa de luz. Su mirada perdida no lo dejaría ver que su sombra proyectada hacia la ventana, cerca de la pared donde da la cabecera de su cama, se iría mezclando de a poco con otra sombra más grande y ambiciosa y entre ellas irían apagando la luz que ilumina su cuarto hasta que la oscuridad lo sumergiría nuevamente en sus cavilaciones, otra tormenta lo esperaría sin dormir por la mañana.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Olor fuerte

Me sentí visto como si estuviera comiendo de la basura, vos sabés de que hablo. Me sentí juzgado, como si estuviera matando a alguien, sentí que me miraban con pena y con desprecio. Los miré con culpa, como si yo fuera el malo de esta escena. No me dijeron nada pero sus caras no necesitaban palabras, me odiaban, como si les fuera a robar algo, me odiaban pero con pena y yo sabiendo que nunca iba a llegar a ser como ellos, sentí que no tendría un mejor futuro nunca. Me sobraron, se taparon con sus bufandas y sentí que su problema no era el frío sino el olor. 

Pasaron de largo, sabiendo que podrían disfrutar su tiempo en matar el tiempo, haciendo nada, gastando tiempo como si fuera plata, generando anécdotas que después serian mal contadas. Mientras tanto, si alguien intentará escucharme, no tendría más que historias de supervivencia que terminarían en incómodos silencios. 

Ahí estábamos, la calle era para mi lado en subida y para el de ellos en bajada, sin embargo yo sentía que bajaba y que ellos subían. La simple idea de no poder romper con mi estigma, de no poder salir de este contenedor de basura, de mirar por las ventanas a la gente comiendo en todo tipo de restaurantes y desearlo tanto al punto de ya no darle importancia a nada de lo que está alrededor. 

Sin embargo, yo no estaba revolviendo la basura y yo no soy un hombre de la calle, igualmente yo siento que me miran así, un poco con desprecio y otro poco con lástima. Antes solía mirar por la ventana y deseaba cosas que difícilmente pudiera lograr. Hoy me metí por sus puertas, me senté, pedí una empanada y un vaso con agua y lo pagué. Mi olor era tan fuerte que nadie se animó a quejarse, ni salir de apuro, estaban tan incómodos que el silencio era solo perturbado por los platos que chocaban entre sí en la cocina del restaurante. Comí la empanada como si fuera el más fino entrecot con papas al plomo, pagué con las monedas de todo un día y me fuí, sabiendo que el arma más poderosa era incomodarlos, despegarles el papel film que los aísla de todo, amenazar su felicidad aparente, explotar la burbuja y dejar que se quejen cuando yo ya no esté. Por cierto, la empanada también estaba plastificada.