Un día malo lo tiene
cualquiera, incluso si no te mojaste con aquel día. Aquel no era un día gris y
luminoso, la tormenta había entrado temprano en la mañana, se hacía difícil
distinguir el amanecer de la madrugada. Un día malo lo tiene cualquiera,
incluso si tenes tu propia oficina, si subís a tu auto bajo un techo y llegas
bajo otro techo sin tener que mojar tus zapatos en el asfalto, ni lidiar con
las baldosas rotas en los días de lluvia. Repito, un día malo lo
tiene cualquiera, incluso si llegas a las 6 de la tarde a tu casa y tenes quien
te sirva la cena, quien haga los quehaceres, incluso si podes darte dos duchas
diarias.
En sus cavilaciones la consigna era clara pero giraba en círculos su
proceder: la soga es efectiva pero no tengo donde ponerla, el tiro me da miedo
de no matarme y tener que seguir vivo, seguramente en peores condiciones. Las
pastillas no son una mala opción pero si no funcionan o no son suficientes se
van alertar de mi forma de actuar. Agarrar el auto ponerle un manguerón en algún
garaje cerrado y tratar de intoxicarme me parece un trabajo lento.
Así giraba su cabeza, giraba su rutina, no se daría cuenta que al final del día estaría sentado en el borde de su cama, una lámpara con una luz cálida lo atraparía, sus codos en las rodillas, la cama perfectamente tendida. Pensativo, mas borracho que sobrio, un vaso de whisky en su mesa de luz. Su mirada perdida no lo dejaría ver que su sombra proyectada hacia la ventana, cerca de la pared donde da la cabecera de su cama, se iría mezclando de a poco con otra sombra más grande y ambiciosa y entre ellas irían apagando la luz que ilumina su cuarto hasta que la oscuridad lo sumergiría nuevamente en sus cavilaciones, otra tormenta lo esperaría sin dormir por la mañana.
Así giraba su cabeza, giraba su rutina, no se daría cuenta que al final del día estaría sentado en el borde de su cama, una lámpara con una luz cálida lo atraparía, sus codos en las rodillas, la cama perfectamente tendida. Pensativo, mas borracho que sobrio, un vaso de whisky en su mesa de luz. Su mirada perdida no lo dejaría ver que su sombra proyectada hacia la ventana, cerca de la pared donde da la cabecera de su cama, se iría mezclando de a poco con otra sombra más grande y ambiciosa y entre ellas irían apagando la luz que ilumina su cuarto hasta que la oscuridad lo sumergiría nuevamente en sus cavilaciones, otra tormenta lo esperaría sin dormir por la mañana.
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