martes, 25 de junio de 2019

Apagón internacional


Hoy conocí a Steve, entró al local de ropa donde trabajo en un shopping. Cuando entró yo no estaba en el salón, estaba arriba en la parte de depósito buscando unos jeans para mandar a otro local. Un grito desde abajo me hizo dejar de hacer mi tarea - che acá hay uno que habla inglés, vení a atenderlo que no entiendo una mierda - me dijo mi compañera. Ahí nos conocimos con Steve.

Me gustaría contarles desde el principio esta historia. Ese día me levante bastante temprano, puse la alarma a las seis de la mañana y otra seis y media y una tercera siete menos cuarto, ya a las siete estaba en pie. Las luces del baño no andaban bien tenían un tintineo poco común y cuando me entre a bañar pensé que quizás iba a saltar alguna llave eléctrica. Al salir de la ducha el apagón me agarró desnudo y congelado de frío, estaba amaneciendo, pero la oscuridad me agarró de sorpresa.  Tanteando paredes y puertas logré llegar al celular y prender la linterna.

Domingo siete y media de la mañana, la resaca de los pibes que salían del baile que tengo a dos cuadras de mi casa, un trabajador y yo. El ómnibus desde mi ciudad a la capital demora una hora. Allí nos subimos: mi sueño, la resacas al fondo y el otro laburante. El apagón no era local, en Montevideo no funcionaban ni los semáforos. En internet decían que el apagón era nacional, otros decían que en Argentina tampoco había luz, otros sumaban otros países con ciudades sin luz, otros decían que era un Hackeo Imperialista, allá ellos...

Steve me estaba esperando, yo creo que si no hablara inglés, no le hubiese dado la importancia que realmente debía, soy sincero, porque esta sociedad crea estúpidos sociales y ni yo ni nadie esta librado de esto. Steve era un completo vagabundo, era una persona que vivía en la calle o por lo menos puedo asegurar que era una persona que vivía al límite de la sociedad, un outsider, un relegado. Tenía una campera negra bastante nueva, una barba blanca larga y descuidada, un gorro azul de abrigo y un buzo de lana raído abajo de la campera, su pantalón de vestir gris era como dos talles más grandes del suyo y una riñonera de cuero era su cinturón. A Steve aun así no le preocupaba nada de eso, su problema eran sus zapatos negros.

La lluvia torrencial, el día gris, la ciudad gris, la gente de gris en el ómnibus, el apagón internacional y las casi dos horas de espera para poder trabajar ya me habían puesto de mal humor. ¿Se dieron cuenta lo insegura y frágil que puede ser la sociedad sin electricidad? Más en lugares donde tu mayor preocupación es conseguir talle de algún deseo material, más aun donde las luces siempre están prendidas, parecían niños que duermen con la luz prendida por las noches, zonas de plena oscuridad dentro de un shopping, tiendas cerradas, gente de seguridad asegurando perímetros, policías recorriendo el establecimiento. Indignación en la gente que llegaba temprano, indignación y una espera de otros tiempos, indignación en las redes sociales, alerta de atracos, millenials preocupados por la llegada de un apocalipsis, todas las frases motivacionales que puedas leer en una hora sobre accionar de forma existencialista tu día “recuerda, pon la canción que más te guste, puede ser la última que escuches”, “despídete de las personas que amas como si fuera la última vez”. Qué asco todo.

Los zapatos negros de Steve no solamente estaban mojados, las suelas tenían agujeros del tamaño de una moneda. Me llamó la atención su frío corporal, sus medias mojadas, una bolsa gigante de “Tiendas Montevideo” que llevaba con bolsas adentro y una mochila militar color verde que tenía un símbolo que decía Vietnam. Su voz era casi imperceptible, me tenía que acercar para escucharlo, el vapor que salía de sus ropas y medias era el típico olor a tierra y sudor de varios días. En un perfecto inglés, Steve me pregunto si tenía zapatos que resistan el agua, le mostré un par, no le entraron, su pie temblaba, quise ayudarlo pero lo invadí, no le gustó. Para salir de ese lugar le pregunté de dónde era y me dijo de Nueva York y enseguida mi reacción fue - ¿qué carajos haces en Uruguay?- en esa charla me enteré que Steve viajaba por el mundo, que había tenido una bicicleta y que había salido a recorrerlo sin nada. Debo reconocer nuevamente que lo empecé a ver de otra forma, le tomo una hora y media elegir zapatos, se probó alrededor de 10 pares de los cuales 9 quedaron con su sudor marcado, cuando lo pienso me rio, actividad común cuando vamos a comprar zapatos, no saber en qué pie se calzaron antes. Un acercamiento social indoloro para aporofobicos.


@la_hija_del_cafe


Dos horas después, un cliente despreciable, me pidió el mismo modelo de zapatos que se probó Steve y le traje el mismo par. Su cadena de oro, su perfume Polo que hacía juego con su camisa de la misma marca se mezclaba con el olor a sudor de un hombre libre que hacía días que no se bañaba y que solamente quería cambiar sus zapatos para poder seguir con su camino.

El apagón internacional había cumplido su ciclo. El mensaje había sido recibido. Steve estaba preparado para vivir con lo necesario, ni más ni menos. Él se aseguró que sus zapatos estuvieran sanos, que fueran útiles para su camino, a prueba de lluvia y cómodos para caminar, saco la plata, pagó y así como llegó se fue. Entendiendo que su vida estaba por fuera de este sistema pero que sin duda dependía también de él. El hombre Polo le encontró defecto a todo, nada lo conformaba y se fue enojado. Así funcionamos muchas veces como humanidad, perdidos en esta caja que te encastra y te vive limitando, como este shopping, como la gente que le teme a los apagones o a la oscuridad, como los que vivimos preocupados por la batería del celular.

Es imposible vivir sabiendo que lo que construimos a nuestro alrededor es un castillo de cartas. Es imposible pensar constantemente donde está la trampa de este sistema. Debemos engañarnos todo el tiempo, debemos vivir con la mentira a cuestas para poder seguir adelante. No podemos ver el panorama completo y estar en los detalles al mismo tiempo. No podemos evitar hacer oídos sordos a las desigualdades distantes, no podemos evitar hacer ojos ciegos a las catástrofes del día a día, no podemos asimilar tal realidad toda junta, no podemos hacernos cargo de todas las luchas del mundo, ni tampoco podemos con la realidad tal y cual es. Debemos mentirnos. Debemos hacer de cuenta que vamos a cuidar el medio ambiente, debemos creer que pertenecemos al lado bueno en cuestiones políticas y que luchamos contra el lado malo. Debemos creer, y a la vez, acortamos el campo de nuestra visión. Creer, nos entrega un montón de variables que no son más que especulaciones a base de nuestros propios sueños. Debemos vivir con la mentira, con la especulación, con la fe. Debemos remar entre la mierda pensando que hay agua, debemos creer en la medicina y en un creador que castigue o que sea misericordioso, debemos creer que lo que nos sostiene son raíces firmes y que no somos equilibristas sin una red que nos sostenga por alguna caída.

La mentira, no es más, que ocultarnos cosas para no conectar con el sufrimiento o la alegría del otro. No es para tener miedo, es cuestión de darse cuenta, que este shopping no es más que una caja de zapatos negros.

sábado, 22 de junio de 2019

El sentido de mis días

Esa noche habías dejado arriba de la mesa un cuaderno que yo mismo te había regalado. Estaba escuchando a Cohen como muchas otras noches y entre hojas con frases con la caligrafía de un médico, recordé para que usabas ese cuaderno. Cohen cantaba "Going Home" de fondo, un sincericidio de esos que escupen fuego por la lengua. Ahí escribí la siguiente frase "Buscando la felicidad en un cuaderno de frustraciones".

Desde ahí empecé a hilvanar. No dábamos más, ni ella ni yo. Hacía días que la pregunta se armaba en mi cabeza de forma desordenada, sin embargo la tranquilidad extraña de esa noche aclaró todo: ¿Cuál es el sentido de mis días? La gota sin caer de un ojo cristalino y la cara apoyada en un puño cerrado. 

Seguro estás esperando una respuesta, que responda con palabras sabias, que te abra la puerta y la luz que está del otro lado te inunde hasta el alma, pero no. No tengo esa respuesta y en todo caso la repuesta que pueda encontrar solo intentará saciar mi voluntad de vivir y no la tuya.

Últimamente en la búsqueda de tantas respuestas creamos fuentes, nuevos filósofos urbanos que con pequeñas frases nos motivan y tratamos de adaptar esa teoría a nuestra vida. Yo no puedo congeniar así, es como si en vez de servirme un plato de comida me sirvieran un plato con la comida digerida por otra persona. 

No me importa caer en lugares comunes hacia afuera, me importa no caer en lugares comunes hacia adentro y aún así por razones obvias, sigo cayendo en ellos. Me acordé de esas gomas que la mitad se usaban para borrar lapiz y la otra mitad borraban biromes. Asi son esas respuestas para mí, hay un lado de ellas que funciona mal y terminan de romper la hoja. Prefiero tener preguntas siempre, aunque a veces me hagan dudar de mi mismo.

Ya me había olvidado de Leonard Cohen, él seguía cantando esa noche, yo en ese momento fumaba más y el humo era un par de hilos que subían entrelazandose. Me quedé escuchando "Come Healing" y riéndome, la cara apoyada en un puño y la derecha escribiendo sin parar (poco Capote, mucho Keroauc) y en el camino recorrido y sin respuestas estaba la noche, estabas vos, estaba él y estaba yo, girando y olvidando y el hilo que Ariadna me había prestado para no perderme en el laberinto eran esos garabatos inentendibles que se hicieron canción.


Sirve de algo 
no entender el malestar 
que me hace dormir 
más tiempo del que quiero?

Un tiempo extra
Que no define esta partida 
Trinan las aves que emigran
Y yo las miro con detenimiento

Pasa lento
El espejo me mira 
Y yo me olvido
Me olvido
Me olvido
Del sentido de los días

Y vos estabas
Buscando la felicidad
En un cuaderno de frustraciones

La ostentación de las sonrisas
Que no reflejan
Lo que sentís por dentro

Pasa lento
El espejo te mira 
Y vos te olvidas
Te olvidas
Te olvidas
El sentido de tus días

Con los ojos abiertos
Vuelvo y se activa
Está ceguera que obliga
A no apreciar los pequeños momentos

Y yo ya presiento 
Que algo se me olvida
Se olvida
Se olvida
El sentido de los días


miércoles, 19 de junio de 2019

Palabras exactas


@la_hija_del_cafe
Con la intención de decirte cosas que nunca te dije, estuve tiempo sin decirte nada, buscando palabras exactas para describir esto que siento y no había nada. Esas palabras que no existen deberán ser creadas, por mi o por alguien que sepa cómo resumir sentimientos con palabras.
Necesito una palabra para resumir ese sentimiento que aflora cerca de mi estómago al conocer a una persona, sin tener que decir "me enamoré", el amor a primera vista que no es tal. El "me gustas" pero sacándole lo juvenil de la frase. Necesito resumir la idealización, su belleza, la esperanza, la proyección absurda. Necesito una palabra contundente, que no ande con vueltas, que resuelva mis dudas y mis miedos, que pase por alto los estándares sociales. Sin saber cómo llamarla, sé que es fuerte y que no titubea, es capaz de abrirte las puertas o cerrarlas definitivamente. Esa fuerza no asusta cómo decirle te amo en la primera cita. Necesito una palabra que te haga saber que me está pasando sin tener que empezar un planteo extenso y cursi, una palabra que suplante los besos rechazados y a destiempo que tanta incomodidad generan. Con la intención de decirte cosas que nunca te dije, sin recurrir a metáforas o analogías, estuve tiempo sin decirte nada, buscando palabras exactas que no existían. Me sucumbió el silencio.

viernes, 7 de junio de 2019

La viuda

Mi abuelo había muerto hacía poco tiempo, más allá de la tristeza, creo que todos estábamos muy preocupados por mi abuela, esos primeros meses fueron una alerta continua, cada vez que sonaba el teléfono de línea o mi celular, algo en mi cabeza se activaba. Yo había encontrado trabajo en una tienda bastante peculiar, una boutique de chocolate camino hacia el mercado del puerto. Los chocolates más finos y una variedad extensa de sabores y formas. Pasaron unos meses cuando al fin pude acomodarme en mi economía y poder así comprarle algunos chocolates de la tienda. Lo consulte con mi madre ella me dijo - chocolates no creo que los vaya a comer, mejor cómprale unos turrones - tenía razón pensé, lo que le gusta más son los turrones.

Fuera de la época de Navidad y por Ciudad Vieja a una cuadra de mi trabajo encontré un lugar donde vendían turrones finos y españoles. Agarre la poca plata que tenía en mi billetera y no lo dude, le compré un par de esos turrones, uno más duro y otro más blando. Si bien sabía que mi abuela no estaba acostumbrada a esos turrones y que compraba los baratos, pensé que no le vendría mal probar algo nuevo. Yo sabía que con cualquier detalle iba a quedar contenta, sabía que quizás lo conocido le hubiese gustado más que lo desconocido, no sé qué se me dio, quizás exagere, quería que se pusiera contenta. Después de comprar los turrones en mi media hora de descanso volví al trabajo agarre una bolsa del local de chocolates y envolví con bastante gracia los turrones.

Desde la muerte de su esposo, mi abuela ha vivido sola en esa misma casa, nunca quiso vivir en otro lugar, incluso los primeros días tras su muerte ella se quiso quedar ahí en soledad, recordando los más de cincuenta años juntos, parecía que eran inmortales.

El siguiente domingo fuimos de tarde a verla, recuerdo que le había contado a mí madre y ella había quedado de acuerdo con lo que había comprado. Cuando llegamos le di la bolsa a mí abuela con su regalo y ella en su desconcierto lo primero que dijo es lo que dicen siempre las abuelas - no tenías que traer nada, no tendrías que haberte molestado o no ande con gastos mijo - ese desconcierto de abuela que no sabe ni cómo abrir el paquete ni entender su contenido.
Mirándome me pregunta que son y le digo que son turrones, quedó dubitativa ante la idea de que un turrón esté en una caja tan grande. Mi madre le dijo que lea el paquete que se va a dar cuenta. Se puso los lentes y muy lento empezó a leer - tu...rron es...pañol tra...dicio..nal - hizo una pausa y siguió leyendo aunque luego de esa frase quedamos todos en blanco, la alerta se activo, algo iba a pasar, un frío recorría mi espalda y el sudor recorría mi cuerpo, nos agarro de sorpresa, yo pensé que había matado a mi abuela de angustia, yo pensé que no podría haber decidido peor, ¿quién me mandó a comprar turrón caro y fino? la alerta estaba presente, mi abuela había leído - turrones "Delaviuda" - y aunque al principio en su chochera no se había dado cuenta, al ver nuestras caras que no pudimos disimular, sin saber de qué hablar abrimos un turrón y mientras lo comíamos, entre charlas que no llenaban el vacío, entendimos que la silla que sobraba, la risa que faltaba, la voz que no se escuchaba, no volvería más.