Hoy conocí a Steve, entró
al local de ropa donde trabajo en un shopping. Cuando entró yo no estaba en el
salón, estaba arriba en la parte de depósito buscando unos jeans para mandar a
otro local. Un grito desde abajo me hizo dejar de hacer mi tarea - che acá hay
uno que habla inglés, vení a atenderlo que no entiendo una mierda - me dijo mi
compañera. Ahí nos conocimos con Steve.
Me gustaría contarles desde
el principio esta historia. Ese día me levante bastante temprano, puse la
alarma a las seis de la mañana y otra seis y media y una tercera siete menos
cuarto, ya a las siete estaba en pie. Las luces del baño no andaban bien tenían
un tintineo poco común y cuando me entre a bañar pensé que quizás iba a saltar
alguna llave eléctrica. Al salir de la ducha el apagón me agarró desnudo y
congelado de frío, estaba amaneciendo, pero la oscuridad me agarró de
sorpresa. Tanteando paredes y puertas logré llegar al celular y
prender la linterna.
Domingo siete y media de la
mañana, la resaca de los pibes que salían del baile que tengo a dos cuadras de
mi casa, un trabajador y yo. El ómnibus desde mi ciudad a la capital demora una
hora. Allí nos subimos: mi sueño, la resacas al fondo y el otro laburante. El
apagón no era local, en Montevideo no funcionaban ni los semáforos. En internet
decían que el apagón era nacional, otros decían que en Argentina tampoco había
luz, otros sumaban otros países con ciudades sin luz, otros decían que era un
Hackeo Imperialista, allá ellos...
Steve me estaba esperando,
yo creo que si no hablara inglés, no le hubiese dado la importancia que
realmente debía, soy sincero, porque esta sociedad crea estúpidos sociales y ni
yo ni nadie esta librado de esto. Steve era un completo vagabundo, era una
persona que vivía en la calle o por lo menos puedo asegurar que era una persona
que vivía al límite de la sociedad, un outsider, un relegado. Tenía una campera
negra bastante nueva, una barba blanca larga y descuidada, un gorro azul de
abrigo y un buzo de lana raído abajo de la campera, su pantalón de vestir gris
era como dos talles más grandes del suyo y una riñonera de cuero era su
cinturón. A Steve aun así no le preocupaba nada de eso, su problema eran sus
zapatos negros.
La lluvia torrencial, el
día gris, la ciudad gris, la gente de gris en el ómnibus, el apagón
internacional y las casi dos horas de espera para poder trabajar ya me habían
puesto de mal humor. ¿Se dieron cuenta lo insegura y frágil que puede ser la
sociedad sin electricidad? Más en lugares donde tu mayor preocupación es
conseguir talle de algún deseo material, más aun donde las luces siempre están
prendidas, parecían niños que duermen con la luz prendida por las noches, zonas
de plena oscuridad dentro de un shopping, tiendas cerradas, gente de seguridad
asegurando perímetros, policías recorriendo el establecimiento. Indignación en
la gente que llegaba temprano, indignación y una espera de otros tiempos,
indignación en las redes sociales, alerta de atracos, millenials preocupados
por la llegada de un apocalipsis, todas las frases motivacionales que puedas
leer en una hora sobre accionar de forma existencialista tu día “recuerda, pon
la canción que más te guste, puede ser la última que escuches”, “despídete de
las personas que amas como si fuera la última vez”. Qué asco todo.
Los zapatos negros de Steve
no solamente estaban mojados, las suelas tenían agujeros del tamaño de una
moneda. Me llamó la atención su frío corporal, sus medias mojadas, una bolsa
gigante de “Tiendas Montevideo” que llevaba con bolsas adentro y una mochila
militar color verde que tenía un símbolo que decía Vietnam. Su voz era casi
imperceptible, me tenía que acercar para escucharlo, el vapor que salía de sus
ropas y medias era el típico olor a tierra y sudor de varios días. En un
perfecto inglés, Steve me pregunto si tenía zapatos que resistan el agua, le
mostré un par, no le entraron, su pie temblaba, quise ayudarlo pero lo invadí,
no le gustó. Para salir de ese lugar le pregunté de dónde era y me dijo de
Nueva York y enseguida mi reacción fue - ¿qué carajos haces en Uruguay?- en esa
charla me enteré que Steve viajaba por el mundo, que había tenido una bicicleta
y que había salido a recorrerlo sin nada. Debo reconocer nuevamente que lo
empecé a ver de otra forma, le tomo una hora y media elegir zapatos, se probó alrededor
de 10 pares de los cuales 9 quedaron con su sudor marcado, cuando lo pienso me
rio, actividad común cuando vamos a comprar zapatos, no saber en qué pie se
calzaron antes. Un acercamiento social indoloro para aporofobicos.
Dos horas después, un cliente
despreciable, me pidió el mismo modelo de zapatos que se probó Steve y le traje
el mismo par. Su cadena de oro, su perfume Polo que hacía juego con su camisa
de la misma marca se mezclaba con el olor a sudor de un hombre libre que hacía
días que no se bañaba y que solamente quería cambiar sus zapatos para poder
seguir con su camino.
El apagón internacional
había cumplido su ciclo. El mensaje había sido recibido. Steve estaba preparado
para vivir con lo necesario, ni más ni menos. Él se aseguró que sus zapatos
estuvieran sanos, que fueran útiles para su camino, a prueba de lluvia y
cómodos para caminar, saco la plata, pagó y así como llegó se fue. Entendiendo
que su vida estaba por fuera de este sistema pero que sin duda dependía también
de él. El hombre Polo le encontró defecto a todo, nada lo conformaba y se fue
enojado. Así funcionamos muchas veces como humanidad, perdidos en esta caja que
te encastra y te vive limitando, como este shopping, como la gente que le teme
a los apagones o a la oscuridad, como los que vivimos preocupados por la
batería del celular.
Es imposible vivir sabiendo
que lo que construimos a nuestro alrededor es un castillo de cartas. Es
imposible pensar constantemente donde está la trampa de este sistema. Debemos
engañarnos todo el tiempo, debemos vivir con la mentira a cuestas para poder
seguir adelante. No podemos ver el panorama completo y estar en los detalles al
mismo tiempo. No podemos evitar hacer oídos sordos a las desigualdades
distantes, no podemos evitar hacer ojos ciegos a las catástrofes del día a día,
no podemos asimilar tal realidad toda junta, no podemos hacernos cargo de todas
las luchas del mundo, ni tampoco podemos con la realidad tal y cual es. Debemos
mentirnos. Debemos hacer de cuenta que vamos a cuidar el medio ambiente,
debemos creer que pertenecemos al lado bueno en cuestiones políticas y que
luchamos contra el lado malo. Debemos creer, y a la vez, acortamos el campo de
nuestra visión. Creer, nos entrega un montón de variables que no son más que
especulaciones a base de nuestros propios sueños. Debemos vivir con la mentira,
con la especulación, con la fe. Debemos remar entre la mierda pensando que hay
agua, debemos creer en la medicina y en un creador que castigue o que sea
misericordioso, debemos creer que lo que nos sostiene son raíces firmes y que
no somos equilibristas sin una red que nos sostenga por alguna caída.
La mentira, no es más, que
ocultarnos cosas para no conectar con el sufrimiento o la alegría del otro. No
es para tener miedo, es cuestión de darse cuenta, que este shopping no es más
que una caja de zapatos negros.
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