lunes, 6 de abril de 2020

Sensación Oscura

Tengo esa sensación oscura de querer perderme, entre cuarentenas y sus valiosas excusas, para no verme ni en el espejo, ni salir a dar una vuelta. Olvidarme de que son las baldosas rotas que me mojan los pies cuando tengo frío. 

Tengo esa sensación oscura que quiero perderme entre historias de otros, ficticias y ocurrentes. Olvidarme del olor al pasto recién cortado. Acostumbrar la vista a la gran escala de grises. 

Tengo la sensación de que el frío recorriendo la piel en la oscura madrugada ya no es miedo, es locura. Es un vino muy caro que da lastima abrir y se guarda para una ocasión que nunca llega. Se guarda tanto, que pierde el sentido de tenerlo, de tomarlo. Cuando se abre ya está feo, se quiebra el corcho y flota en un mar rojo desgranandose de a poquito. El miedo es un vino caro, es la última porción de pizza en una reunión entre conocidos.

Tengo la sensación oscura de querer perderme en esta cuarentena idiota, aburrida y silenciosa. Quiero abrazarla como a un peluche cuando tenía 5 años. Que me ayude a convivir con el insomnio, con las migrañas y los pensamientos suicidas, como quien desayuna alimentos procesados y tome refresco todos los días de su vida. Que me ayude a vivir la pena capital de no ser suficiente, convirtiendo mi casa en mi cárcel, en mi celda. Pudiendo conservar la llave, un recluso que pelea por su rehabilitación y las salidas transitorias.

Tengo esa sensación oscura de querer ponerme en la vereda del frente a las personas que no se cuestionan, de los estúpidos por compromiso, de los que terminan escupiendose la cara cuando salivan al cielo, de los que opinan solamente y exclusivamente boludeces. Oscura la indecisión de no saber si querer matarlos o querer que dominen el mundo y que explote todo conmigo adentro y dejar de sentir este color sangre que quema. Individuos que caminan con una bomba en el cuerpo sin saberlo. Una civilización muriendo por cretinos y estúpidos. 

Tengo esa sensación oscura y bíblica del castigo divino al atracón de comida por las madrugadas, la mirada penetrante de un Dios al que realmente le importa y me tiene presente aunque cometa pecados imaginarios que proyecta mi cabeza ante la necesidad de ser visto por alguien superpoderoso que no guardo ni la esperanza de que exista. Una sensación oscura de vivir en un gran hermano donde todos mis secretos, en realidad son anécdotas de un montón de gente que me odia y me admira. La misma sensación donde ser protagonista de mi vida significa ser famoso y exitoso de una manera capitalista y fabulosa. Donde todo lo demás es un fracaso mundano y con harapos sucios en el medio de un baldío.

Tengo la necesidad oscura de compartir el miedo al que me enfrento. Como un tatuaje indeleble en la memoria irresponsable de un bote de pesca artesanal, en el medio de una tormenta que no puede recoger sus redes.

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