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| @la_hija_del_cafe |
Cuando despierto siento que voy en este asiento hace
horas, por no querer asumir que me parecen días los que vengo viajando de
corrido. Halitosis y la cortina bordeaux que no me deja entender en el paisaje
si está amaneciendo o si está atardeciendo. ¿Que hacíamos en bicicletas y dónde
estábamos? Estiro, veo que vengo solo,
no hay nadie en el asiento del pasillo y me sorprendo, porque en realidad no
recuerdo si venia alguien a mi lado. La noche entra rápidamente en acción y
luego de mirar el reloj me doy cuenta que será mejor seguir durmiendo con la
leve sospecha de que no sé cuánto tiempo de viaje me queda.
De camino a la parada es decir, de camino al trabajo
es decir, de camino a la rutina es decir, de camino a la mecanización es decir,
de camino a lo pactado es decir, de camino a la sociedad es decir, de camino a
la supervivencia es decir, de camino a la realidad y yo, todo dormido.
Cuando despierto la oscuridad era compañera, los
botones de luz tenue encima de cada asiento me hacían descansar mucho más cómodo
y a gusto, aún quedaba viaje, intente pensar, no pude hacer mucho y por eso me
rasque la cabeza y me ordene los pelos para estar más prolijo. Este viaje
empezó por las ansias que tenia de vivir la vida, me llevo tiempo llegar hasta
donde estoy pero me anime y vine, me subí y acá estoy con ansias de encontrar
definitivamente un sentido a todo esto. Mire por la ventana y me di cuenta que
no sabía ni por dónde íbamos, por momentos esa sensación de no tener mucha idea
me hace sentir que no tengo el control y peor aún me hace dudar si me tome el
ómnibus correcto. No sería la primera vez que me tomaba uno equivocado pero por
alguna razón siempre pero siempre sentía ese retorcijón en el estómago cuando
no sabía el camino. No es tiempo, es la distancia lo que nos hace viejos.
Abrí un armario y estaba lleno de cosas que ya no iba
a usar más. Un pantalón de vestir caqui y holgado, un short de baño fuera de
moda, una remera que nunca use, un par de abrigos heredados. Los tamaños, los
anchos y los largos, los botones que se perdieron, los cuellos que caducaron.
Todos doblados entraban en una bolsa para donar. El trabajo de tener que soltar
y de tener que decidir nunca había sido tan claro.
La curva me despertó de golpe, algo andaba mal, ya
hacia horas había notado un par de cosas raras a segunda vista. Este ómnibus va
a una velocidad constante que no parece cambiar en ningún momento. “En fin”
pensé, ya quiero llegar por lo menos hasta la primera terminal para caminar un
poco. Me refriego los ojos, la noche está en auge y poco estrellada.
El próximo kiosco estaba a diez cuadras, en verdad
ocho cuadras y media si cruzaba la placita. Yo sabía que iba a estar abierto
ese día, porque hay gente que es visionaria o esta al pedo los treinta y uno de
diciembre, pensaba. Los pies iban haciendo ruido al pisar la arenilla y el
balasto, yo trataba de seguir unas huellas que me llamaban la atención porque
eran del mismo tamaño que mis pies. Comprar cigarros como excusa para la vida.
Nunca me vi tan beneficiado como tener de excusa un cigarro. En los boliches,
en los cumpleaños, en los velorios, en los recreos, en las esperas, básicamente
el cigarro es una excusa fantástica para salir del lugar donde me encuentro,
hasta me hace conocer gente. Las charlas, las risas y en los silencios
naturales o generados grandes reflexiones. Que buen pacto que tenemos. Te doy
mi vida por generar momentos diferentes. Te veo consumirte mientras me reflejo
en una vidriera y me voy consumiendo, los dos agarrados por mis dedos, juntos,
como en “La novicia rebelde” cantando y girando y girando y volvemos a girar
entre las colinas, con los Alpes de fondo y en el aire entre la fresca y suave caricia
del viento nos estrellamos contra el piso y se nos apaga el fuego vital
lentamente.
El día al fin llegaba, no debería demorar mucho más en
llegar a mi destino, seguía estando cómodo y sin acompañante, hacia horas no comía
y el estómago ya estaba pidiendo como un bebe de pocos meses su merecido
desayuno. Mire por la ventana y el paisaje era monótono sin embargo enseguida un
túnel oscureció todo y al volver ya no sentía más hambre. La velocidad
constante de este ómnibus otra vez me advirtió que algo raro sucedida. Me saque
los auriculares que llevaba puesto, no sé realmente desde cuando los llevaba
puesto pero los oídos realmente agradecieron el silencio. Un silencio muy
agradable, casi perfecto. Mire alrededor y no vi a nadie, me puse en alerta – ¿no
me habré pasado no? - Un par de lagañas se cayeron cuando me levante del
asiento, necesitaba un baño pero más necesitaba saber por dónde íbamos, por el
pasillo y medio mareado logre llegar a la cabina del conductor, golpee el
vidrio y nadie contesto, golpee de nuevo y mire hacia atrás, venia solo. Golpee
por tercera vez y me anime a abrir la puerta – Perdone, falta mucho para llegar
a…- ahí lo vi, lo que debería haber estado ahí, no estaba.
Me despierto del sueño, Una sensación extraña, la luz
gris y la lluvia de fondo me calman, lo
que parecía la vida ya no lo era, toco las sabanas solo para saber si se
sienten reales, tremenda bobada. Toco mi cara para ver si estoy vivo, ¿qué me
habría pasado si no hubiera despertado a tiempo? un día más y mil excusas que
servían para no levantarme. Teorías científicas y sociales alababan mi sentido
protestante y reflexivo para no tener que pasar frio al salir de mi cama. Tu mensaje
lacónico no lo esperaba, dos simples palabras: Traje pizza.

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