sábado, 11 de mayo de 2019

Viaje


@la_hija_del_cafe
 Entre las vías de los trenes que ya no pasan, un sendero. No nos llevarían a ninguna parte. Los rayos del sol entre los eucaliptos, los rayos de las bicicletas relucientes giraban y giraban y volvían a girar como nuestras charlas que como nosotros no iban hacia ninguna parte. No vimos los detalles, no nos interesó el ruido del pedaleo, no nos conmovió la puesta del sol, no nos importó la transpiración que caía del cuerpo. Entre las vías de los trenes que ya no pasan, un encuentro. No nos llevaría a ninguna parte.

Cuando despierto siento que voy en este asiento hace horas, por no querer asumir que me parecen días los que vengo viajando de corrido. Halitosis y la cortina bordeaux que no me deja entender en el paisaje si está amaneciendo o si está atardeciendo. ¿Que hacíamos en bicicletas y dónde estábamos?  Estiro, veo que vengo solo, no hay nadie en el asiento del pasillo y me sorprendo, porque en realidad no recuerdo si venia alguien a mi lado. La noche entra rápidamente en acción y luego de mirar el reloj me doy cuenta que será mejor seguir durmiendo con la leve sospecha de que no sé cuánto tiempo de viaje me queda.

De camino a la parada es decir, de camino al trabajo es decir, de camino a la rutina es decir, de camino a la mecanización es decir, de camino a lo pactado es decir, de camino a la sociedad es decir, de camino a la supervivencia es decir, de camino a la realidad y yo, todo dormido.

Cuando despierto la oscuridad era compañera, los botones de luz tenue encima de cada asiento me hacían descansar mucho más cómodo y a gusto, aún quedaba viaje, intente pensar, no pude hacer mucho y por eso me rasque la cabeza y me ordene los pelos para estar más prolijo. Este viaje empezó por las ansias que tenia de vivir la vida, me llevo tiempo llegar hasta donde estoy pero me anime y vine, me subí y acá estoy con ansias de encontrar definitivamente un sentido a todo esto. Mire por la ventana y me di cuenta que no sabía ni por dónde íbamos, por momentos esa sensación de no tener mucha idea me hace sentir que no tengo el control y peor aún me hace dudar si me tome el ómnibus correcto. No sería la primera vez que me tomaba uno equivocado pero por alguna razón siempre pero siempre sentía ese retorcijón en el estómago cuando no sabía el camino. No es tiempo, es la distancia lo que nos hace viejos.

Abrí un armario y estaba lleno de cosas que ya no iba a usar más. Un pantalón de vestir caqui y holgado, un short de baño fuera de moda, una remera que nunca use, un par de abrigos heredados. Los tamaños, los anchos y los largos, los botones que se perdieron, los cuellos que caducaron. Todos doblados entraban en una bolsa para donar. El trabajo de tener que soltar y de tener que decidir nunca había sido tan claro.

La curva me despertó de golpe, algo andaba mal, ya hacia horas había notado un par de cosas raras a segunda vista. Este ómnibus va a una velocidad constante que no parece cambiar en ningún momento. “En fin” pensé, ya quiero llegar por lo menos hasta la primera terminal para caminar un poco. Me refriego los ojos, la noche está en auge y poco estrellada.

El próximo kiosco estaba a diez cuadras, en verdad ocho cuadras y media si cruzaba la placita. Yo sabía que iba a estar abierto ese día, porque hay gente que es visionaria o esta al pedo los treinta y uno de diciembre, pensaba. Los pies iban haciendo ruido al pisar la arenilla y el balasto, yo trataba de seguir unas huellas que me llamaban la atención porque eran del mismo tamaño que mis pies. Comprar cigarros como excusa para la vida. Nunca me vi tan beneficiado como tener de excusa un cigarro. En los boliches, en los cumpleaños, en los velorios, en los recreos, en las esperas, básicamente el cigarro es una excusa fantástica para salir del lugar donde me encuentro, hasta me hace conocer gente. Las charlas, las risas y en los silencios naturales o generados grandes reflexiones. Que buen pacto que tenemos. Te doy mi vida por generar momentos diferentes. Te veo consumirte mientras me reflejo en una vidriera y me voy consumiendo, los dos agarrados por mis dedos, juntos, como en “La novicia rebelde” cantando y girando y girando y volvemos a girar entre las colinas, con los Alpes de fondo y en el aire entre la fresca y suave caricia del viento nos estrellamos contra el piso y se nos apaga el fuego vital lentamente.

El día al fin llegaba, no debería demorar mucho más en llegar a mi destino, seguía estando cómodo y sin acompañante, hacia horas no comía y el estómago ya estaba pidiendo como un bebe de pocos meses su merecido desayuno. Mire por la ventana y el paisaje era monótono sin embargo enseguida un túnel oscureció todo y al volver ya no sentía más hambre. La velocidad constante de este ómnibus otra vez me advirtió que algo raro sucedida. Me saque los auriculares que llevaba puesto, no sé realmente desde cuando los llevaba puesto pero los oídos realmente agradecieron el silencio. Un silencio muy agradable, casi perfecto. Mire alrededor y no vi a nadie, me puse en alerta – ¿no me habré pasado no? - Un par de lagañas se cayeron cuando me levante del asiento, necesitaba un baño pero más necesitaba saber por dónde íbamos, por el pasillo y medio mareado logre llegar a la cabina del conductor, golpee el vidrio y nadie contesto, golpee de nuevo y mire hacia atrás, venia solo. Golpee por tercera vez y me anime a abrir la puerta – Perdone, falta mucho para llegar a…- ahí lo vi, lo que debería haber estado ahí, no estaba.

Me despierto del sueño, Una sensación extraña, la luz gris y la lluvia de fondo me calman,  lo que parecía la vida ya no lo era, toco las sabanas solo para saber si se sienten reales, tremenda bobada. Toco mi cara para ver si estoy vivo, ¿qué me habría pasado si no hubiera despertado a tiempo? un día más y mil excusas que servían para no levantarme. Teorías científicas y sociales alababan mi sentido protestante y reflexivo para no tener que pasar frio al salir de mi cama. Tu mensaje lacónico no lo esperaba, dos simples palabras: Traje pizza.

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