Perdón, hoy
estoy cansado, me siento triste. No es cansancio que se cura con horas de sueño,
es cansancio de otro tipo. Estoy cansado de lo que me rodea. Una sociedad
mediocre me acompaña todo el tiempo, como una joroba o una mochila que no me
puedo sacar y empieza a molestar su peso. Una sociedad que va conmigo en el ómnibus,
me encuentra en el trabajo, vuelve conmigo a casa y aunque no se acueste en mi
cama, a veces sueño con ella.
Por la
ventana de ese ómnibus, el paisaje no se mueve, el que se mueve soy yo. A esta
hora los comercios vienen bajando sus cortinas, van cerrando, la gente va
volviendo a sus casas, mientras yo recién voy entrando al trabajo. Cierro los ojos un rato, en el movimiento, me
imagino las olas que el verano me dejó, me acuerdo de cada rayo de sol en el
agua. Me acuerdo también de las tormentas de verano, la lluvia en el horizonte acercándose
lentamente. Vuelvo, el invierno no necesita ventiladores. Las preguntas casi
siempre son las mismas: ¿Cuál es el motivo elemental por el cual nos movemos? ¿Cuál
es el motivo de la poca empatía a mi alrededor? ¿Por qué algunas personas
deciden sobre la vida de otras?
Perdón no! Estoy
cansado, no aguanto más los actos egoístas que se contagian como un resfrío en
esta época del año. Estoy cansado de esta gente que solo mira para los costados
cuando puede garronear algo. Estoy cansado de los que tratan de ocupar más de
un asiento por bien de su comodidad y te dejan con un pie afuera, teniendo que arreglártelas
como puedas, con el lugar que te corresponde. Ni hablar de los que no ceden el
lugar que le corresponde a las embarazadas, los que dejan a los niños pequeños
parados en los pasillos, los que te discuten el lugar para otros que no son
ellos. Todos vamos cansados, no es cansancio, es falta de empatía.
Empatía
escasa la mía con esta gente. Así estamos, divididos entre los que intentan
sobrevivir como si hubiera un apocalipsis zombi y los que miran a los costados
y ven a otras personas, con distintas necesidades, con diferentes metas, los
que le sacan la mirada al celular en lugares públicos y ven caminando a otra
tanta gente entre el día gris y frío. Por supuesto, yo como parte del problema y yo como parte de la sociedad.
Cierro los
ojos de nuevo, esa ola que viene y va se proyecta nuevamente en mi mente como
una imagen nítida, inspiro y expiro lentamente, es como un ritual antes de
seguir confirmando este camino que estoy tomando. La ola como un flujo de energía
que viene y va, que se transforma todo el tiempo, con cada palabra, con cada
mirada.
Empatía y
olas. Un cumulo de moralidades que coaccionan
y justifican un montón de excusas absurdas y egoístas sobre la esencia de los
otros. No debo ponerme en los pies de nadie para darme cuenta que hay
necesidades que ni me rozan, que pasan lejos y que aun así son necesidades para
otros. No necesito opinar nada. No debo estudiar leyes ni hacer facultad para
darme cuenta, que los derechos siempre benefician a quienes padecen. Como los derechos del hombre y de la mujer,
como los derechos de los trabajadores, como los derechos del niño y del
adolescente, como los derechos de las personas transgenero. Solamente debo
entender el movimiento de la ola, solo debo mirar hacia los costados, aunque no
gane nada.
Empatía escasa
la de los cancheros. Empatía escasa la de la gente que juega a ser nazi en el
siglo XXI, empatía escasa la de la gente que tuvo que luchar demasiado para que
los valoren y discuten cada migaja que no cae en sus bocas. Empatía escasa la
de las religiones y sus modelos sociales arcaicos, una doble moral donde todos
somos libres de hacer y ser hasta que nos salimos de ciertos parámetros.
Estoy cansado
de las iglesias y de las banderas que son actores principales en esta cruzada
evangelizadora que se creen los dueños de una verdad (que no es tal y que no
colabora con la empatía) que no dejan pensar con claridad a sus adeptos. Adeptos
que buscan a su Dios y terminan recayendo entre necesidad, valores familiares o
promesas religiosas en un montón de reglas a cumplir para no caer en el castigo
divino. Ese castigo que controla, ese castigo que infunde miedo, ese castigo
que más que justo y necesario es autoritario y moldeador de personas que viven
bajo los mismos miedos. Claro está, el problema no es la religión sino quienes
ponen las reglas, los mismos que usan y abusan, los impunes que terminan convirtiéndose
en verdaderos titiriteros de esta obra dramática y basada en hechos reales. Abro
los ojos, las olas se tiñen de verde, una bacteria se está adueñando de
nuestros mares y no nos dejan nadar libres.

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