sábado, 3 de agosto de 2019

Mayday! Empatía llamando a tierra


Perdón, hoy estoy cansado, me siento triste. No es cansancio que se cura con horas de sueño, es cansancio de otro tipo. Estoy cansado de lo que me rodea. Una sociedad mediocre me acompaña todo el tiempo, como una joroba o una mochila que no me puedo sacar y empieza a molestar su peso. Una sociedad que va conmigo en el ómnibus, me encuentra en el trabajo, vuelve conmigo a casa y aunque no se acueste en mi cama, a veces sueño con ella.

Por la ventana de ese ómnibus, el paisaje no se mueve, el que se mueve soy yo. A esta hora los comercios vienen bajando sus cortinas, van cerrando, la gente va volviendo a sus casas, mientras yo recién voy entrando al trabajo.  Cierro los ojos un rato, en el movimiento, me imagino las olas que el verano me dejó, me acuerdo de cada rayo de sol en el agua. Me acuerdo también de las tormentas de verano, la lluvia en el horizonte acercándose lentamente. Vuelvo, el invierno no necesita ventiladores. Las preguntas casi siempre son las mismas: ¿Cuál es el motivo elemental por el cual nos movemos? ¿Cuál es el motivo de la poca empatía a mi alrededor? ¿Por qué algunas personas deciden sobre la vida de otras?

Perdón no! Estoy cansado, no aguanto más los actos egoístas que se contagian como un resfrío en esta época del año. Estoy cansado de esta gente que solo mira para los costados cuando puede garronear algo. Estoy cansado de los que tratan de ocupar más de un asiento por bien de su comodidad y te dejan con un pie afuera, teniendo que arreglártelas como puedas, con el lugar que te corresponde. Ni hablar de los que no ceden el lugar que le corresponde a las embarazadas, los que dejan a los niños pequeños parados en los pasillos, los que te discuten el lugar para otros que no son ellos. Todos vamos cansados, no es cansancio, es falta de empatía.

Empatía escasa la mía con esta gente. Así estamos, divididos entre los que intentan sobrevivir como si hubiera un apocalipsis zombi y los que miran a los costados y ven a otras personas, con distintas necesidades, con diferentes metas, los que le sacan la mirada al celular en lugares públicos y ven caminando a otra tanta gente entre el día gris y frío. Por supuesto, yo como parte del problema y yo como parte de la sociedad. 

Cierro los ojos de nuevo, esa ola que viene y va se proyecta nuevamente en mi mente como una imagen nítida, inspiro y expiro lentamente, es como un ritual antes de seguir confirmando este camino que estoy tomando. La ola como un flujo de energía que viene y va, que se transforma todo el tiempo, con cada palabra, con cada mirada.

Empatía y olas. Un cumulo de moralidades  que coaccionan y justifican un montón de excusas absurdas y egoístas sobre la esencia de los otros. No debo ponerme en los pies de nadie para darme cuenta que hay necesidades que ni me rozan, que pasan lejos y que aun así son necesidades para otros. No necesito opinar nada. No debo estudiar leyes ni hacer facultad para darme cuenta, que los derechos siempre benefician a quienes padecen.  Como los derechos del hombre y de la mujer, como los derechos de los trabajadores, como los derechos del niño y del adolescente, como los derechos de las personas transgenero. Solamente debo entender el movimiento de la ola, solo debo mirar hacia los costados, aunque no gane nada.

Empatía escasa la de los cancheros. Empatía escasa la de la gente que juega a ser nazi en el siglo XXI, empatía escasa la de la gente que tuvo que luchar demasiado para que los valoren y discuten cada migaja que no cae en sus bocas. Empatía escasa la de las religiones y sus modelos sociales arcaicos, una doble moral donde todos somos libres de hacer y ser hasta que nos salimos de ciertos parámetros. 

Estoy cansado de las iglesias y de las banderas que son actores principales en esta cruzada evangelizadora que se creen los dueños de una verdad (que no es tal y que no colabora con la empatía) que no dejan pensar con claridad a sus adeptos. Adeptos que buscan a su Dios y terminan recayendo entre necesidad, valores familiares o promesas religiosas en un montón de reglas a cumplir para no caer en el castigo divino. Ese castigo que controla, ese castigo que infunde miedo, ese castigo que más que justo y necesario es autoritario y moldeador de personas que viven bajo los mismos miedos. Claro está, el problema no es la religión sino quienes ponen las reglas, los mismos que usan y abusan, los impunes que terminan convirtiéndose en verdaderos titiriteros de esta obra dramática y basada en hechos reales. Abro los ojos, las olas se tiñen de verde, una bacteria se está adueñando de nuestros mares y no nos dejan nadar libres.




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