miércoles, 10 de julio de 2019

Llorar

A veces me dan ganas de llorar, casi nunca me suelto. Exponerme al llanto y la debilidad que simboliza para mi "yo" de 13 años es una cosa imposible de aceptar. Aunque a veces me dan ganas de llorar y no puedo. 

Un día me dijeron que dejara mis autitos de lado, mis grandes construcciones con piezas de jenga, que dejara el fútbol de cartones y los soldaditos. Un día me pusieron en otra fase de mi vida y recién la estoy asimilando. Tengo que comprar cuadernolas y no cuadernos como en la escuela, debo vestir con estilo y preocuparme de mi imagen, debo seguir una línea de moda estudiantil, debo caer bien y ser osado, no caer en las bromas, cuidarme del bullying, de las drogas, de las notas y todavía hacerme cargo de mi vida. ¿Qué paso? ¿Por qué cambio tanto mi vida después de este verano? Ahora sí que estaba en juego, no solo mi reputación, no solo mi futuro, mi carrera, aun peor, podía estar en juego mi preciado verano.

Mis 13 años solo era el comienzo, cuando todo apuntaba que podría mejorar algo en el futuro, no era cierto. Cada vez fue más difícil el futuro, cada vez fue más compleja la ecuación, no solo de tener amigos, no solo de mantener una imagen, ya a los 15 debías tener en el currículum de la vida, un primer beso, un primer acercamiento sexual no definido, alcohol en sangre, buenas notas, no ser ni raro, ni feo, ni torpe, ni nerd, ni nada, había que no ser, más bien, había que abstenerse de salirse de los paramentos de lo que estaba normalizado.

Conectar con mis 13 años es un trabajo arduo pero siento que debo hacerlo para entender de dónde le agarré fobia a la gente egoísta, a la gente que no piensa más allá de pensamientos lineales o a los que todo les resulta fácil. 

Empecé a escribir a los 13, les contaría como nació y como descubrí que escribir me iba a salvar la vida pero no me acuerdo. No tengo idea. Las primeras palabras siempre son para el amor idealizado, las segundas siempre son deseos, las terceras siempre serán invitaciones e inseguridades, si nada funcionara entonces comienzan las promesas. 

Los 13 se fueron y mi "baja edad media" entraría en juego. La zona más oscura de mi historia. La de los problemas suicidas, la de las historias de amor no correspondidas y sus respectivos poemas. Los cumpleaños de 15 sin amigos, los dolores estomacales, los fines de semana en lo de los abuelos haciendo nada, los libros de cuentos de Juan, el viñedo y la mesa larga, dibujar la última hoja de las cuadernolas. 

A veces me dan ganas de llorar y recuerdo las veces que ese pibe lloró de impotencia, en el baño del liceo o en Valizas. Me dan ganas de llorar y recuerdo cuando comía abajo de la mesa del salón de clase para poder respirar, sin sentir la presión social del colegio nuevo donde había caído. Me dan ganas de llorar y no lloro, porque durante ese tiempo, como escribí al principio, me dije muchas veces que llorar era señal de debilidad. 

Llorar y no sentirme culpable, llorar y no sentirme, ni menos, ni más que las experiencias de otros, llorar y lavar para no sentirme tan contracturado. Llorar y llorar como cantan los mariachis. Llorar para afuera, llorar sin un motivo claro. Llorar en un día soleado y disfrutarlo llorando, llorar en el medio de la película y no en el final. Llorar sin encontrar un sentido, llorar con ruido en espacios públicos, escribir "llorar" en una hoja infinitas veces, llorar en un velatorio de alguien desconocido, abrazar y dar el pésame a aparentes familiares. Perdonen estoy buscando formas, no me juzguen.

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